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lunes, 6 de febrero de 2006

Eres un fanático de Dune sí:

* Tu madre se enfada contigo cada vez que la llamas Bruja Bene Gesserit.
* Cuando te preguntan qué quieres cenar tu respondes: Cualquier cosa con un toque de Especia.
* Crees que el tren es una fragata de la Cofradía.
* Le pediste a tus padres que le pusieran de nombre Alia a tu hermana recién nacida.
* Tu password o tu nick lo has sacado de Dune.
* Le pones canela a todo para sentirte como en Arrakis.
* Piensas que las Spice Girls son Tamalane, Bellonda, Dama Jessica y la Reverenda Madre Ramallo.
* Esta seguro de que eres un Mentat.
* Escuchas el arpa celtica pensando que escuchas un Valliset.
* Vas a menudo a los negocios de muebles de oficina para preguntar si ya inventaron las sillas-perro.
* Tienes ganas de cambiar tu apellido por Atreides.
* Puedes pronunciar Kwisatz Haderach.
* Has metido la mano en agua caliente para ver cuanto resistes el dolor.
* Te haces llamar Paul.
* Te gustaría que te congelen en nitrógeno líquido para despertarte dentro de unos cuantos miles de años (alrededor de 10190-10191 A.G.).
* Tu mascota se llama Usul.
* Tu amigos no te invitan a la playa porque tu les insistes en que caminen arrítmicamente.
* Crees que tu coche es un ornitóptero.
* Estas ahorrando para comprarte lentes de contacto Azul con Azul.
* Al dinero lo llamas Solaris.
* Antes de meterte en la cama revisas si no hay escondido un caza-buscador.
* Para ti estamos en el año 14202 B.G.
* Este planeta es Terra.
* Te fijas en las marcas genéticas en cada persona que conoces.
* Cada vez que estás ante un peligro, recitas la Letanía contra el Miedo.
* Presionas a todo el mundo para que le guste Dune.
* Cuando escuchas en la TV que el desierto de África crece 1 metro por año sonríes.



Gracias a la lista de correo de Dune-Spa, que es de donde lo he sacado.

sábado, 5 de noviembre de 2005

Herejes de Dune - Frank Herbert

Duncan miró a un rostro de mujer. Había visto un rostro como aquél antes: una simple tri tomada de una secuencia holo más larga. ¿Dónde había sido eso? ¿Dónde la había visto? Era un rostro casi ovalado, con tan sólo unas cejas un poco demasiado gruesas para alcanzar la curvilínea perfección.
La mujer habló:
- Mi nombre es Murbella. No lo recordarás, pero ahora me perteneces porque yo te marqué. Te he seleccionado.
Te recuerdo, Murbella.
Los ojos verdes bajo las arqueadas cejas daban a sus rasgos un centro de atención focal que dejaba su barbilla y su pequeña boca para un examen posterior. La boca tenía unos labios gruesos, y supo que podían enfurruñarse en respuesta.
Los ojos verdes miraron directamente a sus ojos. Qué fría, aquella mirada. Qué poder en ella.
Algo tocó su mejilla.
Abrió los ojos. ¡Aquello no era ningún recuerdo! Aquello le estaba ocurriendo realmente. ¡Le estaba ocurriendo ahora!
¡Murbella! Había estado allí y se había marchado. Ahora estaba de vuelta. Recordó haber despertado desnudo sobre una superficie blanda... un camastro. Sus manos lo reconocieron. Murbella desvestida justo encima de él, sus ojos verdes mirándole con una terrible intensidad. Lo había tocado simultáneamente en varios lugares. Un suave canturreo brotaba de entre sus labios.
Sintió la rápida erección, dolorosa en su rigidez.
No quedaba en él ningún poder de resistencia. Las manos de ella se movían por su cuerpo. Su lengua. ¡El canturreo! Su boca entrando en contacto con él por todas partes. Los pezones rozando sus mejillas, su pecho. Cuando vio sus ojos, comprendió que tras ellos había un plan consciente.
¡Murbella había vuelto, y lo estaba haciendo de nuevo!
Sobre su hombro derecho divisó una ancha ventana de plaz... y Lucilla y Burzmali detrás de aquella barrera. ¿Un sueño? Burzmali apretó sus palmas contra el plaz. Lucilla estaba de pie con los brazos cruzados, una expresión de entremezclada rabia y curiosidad en su rostro.
Murbella murmuró en su oído derecho:
- Mis manos son fuego.
Su cuerpo ocultaba los rostros detrás del plaz. Sintió el fuego allá donde ella lo tocaba.
Bruscamente, la llama envolvió su mente. Lugares ocultos dentro de él cobraron vida. Vio cápsulas rojas, como una hilera de resplandecientes salchichas, pasar por delante de sus ojos. Se sintió febril. El era una cápsula engullida, la excitación fulgurando a través de su consciencia. ¡Esas cápsulas! ¡Las conocía! Eran él mismo... eran...
Todos los Duncan Idaho, el original y la serie de gholas, fluyeron en su mente. Eran como vainas estallando, negando cualquier otra existencia excepto ellas mismas. Se vio a sí mismo aplastado bajo un enorme gusano con rostro humano.
- ¡Maldito seas, Leto!
Aplastado y aplastado y aplastado... una y otra vez.
- ¡Maldito seas! ¡Maldito seas! ¡Maldito seas!...
Murió bajo una espada Sardaukar. El dolor estalló en un brillante resplandor tragado por la oscuridad.
Murió en un accidente de tóptero. Murió bajo el cuchillo de una Habladorea Pez asesina. Murió y murió y murió.
Y vivía.
Las memorias fluían en él, hasta que se preguntó cómo podía albergarlas a todas. La dulzura de una hija recién nacida sostenida entre sus brazos. Los almizcleños olores de una compañera apasionada. La cascada de aromas del exquisito vino daniano. El jadeante agotamiento de la sala de prácticas.
¡Los tanques axlotl!
Recordó emerger una y otra vez: brillantes luces y blandas manos mecánicas. Las manos le daban la vuelta y, con los desenfocados ojos de un recién nacido, vio un gran montón de carne femenina... monstruosa en su casi inmóvil gordura... un laberinto de oscuros tubos uniendo su cuerpo a unos gigantescos contendores metálicos.
¿Un tanque axlotl?
Jadeó ante la sucesión de todas aquellas memorias seriadas que penetraban en cascada en él. ¡Todas aquellas vidas! ¡Todas aquellas vidas!
Ahora rercordó lo que los tleilaxu habían plantado en él, la sumergida consciencia que aguardaba tan sólo el momento de seducción a manos de una Imprimadora Bene Gesserit.
Estaba allí, sin embargo, preparada y a mano, y el esquema tleilaxu se hacía cargo de sus reacciones.
Duncan canturreó suavemente y la tocó, moviéndose con una agilidad que impresionó a Murbella. ¡No debería ser tan responsivo! ¡No de esta forma! La mano derecha de Duncan aleteó hacia los labios de su vagina mientras su mano izquierda acariciaba la base de su espina dorsal. Al mismo tiempo, su boca se movió suavemente sobre su nariz, descendió a sus labios, siguió bajando hacia el hueco de su sobaco izquierdo.
Y durante todo el tiempo canturreó suavemente, con un ritmo que pulsaba a través del cuerpo de ella, arrullándola... debilitándola...
Murbella intentó apartarse cuando él incrementó el ritmo de las respuestas de ella.
¿Cómo supo que debía tocarme precisamente en este instante? ¡Y aquí! ¡Y aquí! Oh, Sagrada Roca de Dur, ¿Cómo lo supo?
Duncan marcó la turgencia de sus pechos y captó la congestión en su nariz. Vio la forma en que sus pezones se ponían rígidos, su aureola oscureciéndose a su alrededor. Ella gimió y abrió mucho las piernas.
¡La Gran Matre me ayude!
Pero la única Gran Matre en la que podía pensar estaba segura más allá de aquella habitación, retenida por una puerta cerrada y una barrera de plaz.
Una energia desesperada fluyó en Murbella. Respondió de la única forma que conocía: tocando, acariciando... utilizando todas las técnicas que tan cuidadosamente había aprendido en los largos años de su aprendizaje.
A cada cosa que hacía, Duncan respondía con un contramovimiento locamente estimulante.
Murbella se dio cuenta de que ya no podía seguir controlando sus propias respuestas. Estaba reaccionando automáticamente desde algún pozo de conocimiento más profundo que su adiestramiento. Sentía sus músculos vaginales tensarse. Sentía el rápido fluir del líquido lubrificante. cuando Duncan la penetró, se oyó a si misma gemir. Sus brazos, sus manos, sus piernas, todo su cuerpo se movía con ambos sistemas de respuesta... los bien adiestrados automatismos y la profunda, muy profunda consciencia de otras demandas.
¿Cómo ha conseguido hacerme ésto?
Olas de extáticas contracciones se iniciaron en los suaves músculos de su pelvis. Sintió la automática respuesta del hombre, y notó el seco golpe de su eyaculación. Aquello aumentó aún más su respuesta. Extáticas pulsaciones brotando hacia afuera a partir de las contracciones de su vagina... hacia afuera... hacia afuera. El éxtasis sumergió todos sus sentidos. Cada uno de sus músculos se estremeció con un éxtasis que no había imaginado pudiera existir.
De nuevo, las olas brotaron hacia afuera.
Una y otra vez...
Perdió la cuena de las repeticiones.
Cuando Duncan gimió, ella gimió también y las olas brotaron de nuevo hacia afuera.
Y otra vez...
No había sensación de tiempo ni de entorno, solamente aquella inmersión en un constante éxtasis.
Deseaba que continuara siempre, y deseaba que se detuviera. ¡Aquello no podía estarle ocurriendo a una mujer! Una Honorada Matre no podía experimentarlo. Aquellas eran las sensaciones por las cuales eran gobernados los hombres.
Duncan emergió del esquema de respuestas que había sido implantado en él. Había algo más que se suponía que debía hacer. No podía recordar lo que era.
¿Lucilla?
La imaginó muerta frente a él. Pero aquella mujer no era Lucilla; era... era Murbella.
Había muy poca fuerza en él. Se alzó, apartándose de Murbella, y consiguió ponerse de rodillas sobre el camastro. Sus manos temblaban con una agitación que no podía comprender. Murbella intentó apartar a Duncan lejos de ella, pero ya no estaba allí. Abrió bruscamente los ojos.
Duncan estaba arrodillado sobre ella. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había transcurrido. Intentó hallar la energía necesaria para sentarse, y fracasó. Lentamente, la razón fue regresando a su mente.
Miró a los ojos de Duncan, sabiendo ahora quién debía ser aquel hombre. ¿Hombre? Era solamente un muchacho. Pero había hecho cosas... cosas... Todas las Honoradas Matres habían sido advertidas. Había un ghola armado por los tleilaxu con conocimientos prohibidos. ¡Ese ghola debía ser muerto!
Un pequeño estallido de energía brotó en sus músculos. Se alzó sobre sus codos. Jadeando en busca de aire, intentó rodar apartándose de él, y cayó de espaldas sobre la blanda superficie.
¡Por la Roca Sagrada de Dur! ¡No podía permitirse que aquel macho viviera! Era un ghola, y podía hacer cosas únicamente permitidas a las Honoradas Matres. Deseaba golpearle y, al mismo tiempo, deseaba volver a atraerlo contra su cuerpo. ¡El éxtasis! Sabía que en aquel momento haría cualquier cosa que él le pidiera. Lo haría por él.
¡No! ¡Debo matarlo!
Una vez más, se alzó sobre sus codos y, partiendo de aquella posición, consiguió sentarse. Su débil mirada cruzó la ventana tras la que había confinado a la Gran Honorada Matre y su guía. Seguían allí de pie, mirándola. El rostro del hombre estaba enrojecido. El rostro de la Gran Honorada Matre era tan inamovible como la propia Roca de Dur.
¿Cómo puede quedarse símplemente ahí después de lo que ha visto? ¡La Gran Honorada Matre debe matar a este ghola!
Murbella hizo señas a la mujer detrás del plaz, y se giró hacia la cerrada puerta junto al camastro. A duras penas, consiguió correr el cierre y abrir la puerta antes de derrumbarse de nuevo de espaldas. Sus ojos se alzaron hacia el arrodillado muchacho. El sudor empapaba aquel joven cuerpo. Aquel atractivo cuerpo...
¡No!
La desesperación la impulsó a intentar ponerse en pie. Consiguió bajar del camastro y quedar de rodillas en el suelo, luego, en un desesperado impulso de su voluntad, se alzó. Las energías estaban volviendo a ella, pero sus piernas temblaban cuando rodeó los pies del camastro.
Debo hacerlo por mí misma, sin pensar. Debo hacerlo.
Su cuerpo se tambaleaba de uno a otro lado. Intento afirmarse sobre sus pies, y lanzó un golpe contra el cuello del muchacho. Conocía aquel golpe gracias a las largas horas de práctica. Destrozaría su laringe. La víctima moriría asfixiada.
Duncan bloqueó fácilmente el golpe, pero era lento... lento.
Murbella casi cayó a su lado, pero las manos de la Gran Honorada Matre la sostuvieron.
- Matadlo -jadeó Murbella-. Es aquél contra quien nos advirtieron. ¡Es él!
Murbella sintió las manos sobre su cuello, los dedos apretando salvajemente en los nervios debajo de sus oídos.
Lo último que oyó Murbella antes de que la inconsciencia se apoderara de su mente y cuerpo fue a la Gran Honorada Matre diciendo:
- No vamos a matar a nadie. Este ghola va a ir a Rakis.

viernes, 4 de noviembre de 2005

Hijos de dune - Frank Herbert

Leto estaba sentado en el Trono del León para aceptar el homenaje de las tribus. Ghanima permanecía de pie junta a él, un peldaño más abajo. La ceremonia en la Gran Sala duró horas. Tribu tras tribu Fremen pasaron ante él representadas por sus delegados y sus Naibs. Cada grupo llevaba regalos adecuados para un dios de terribles poderes, un dios de venganza que les había prometido la paz.
Las había intimidado a someterse la semana anterior, exhibiendo sus poderes ante la asamblea de arifas de todas las tribus. Los Jueces lo habían visto pasar a través de un pozo de fuego, emerger indemne, y dejar que lo examinaran de cerca para demostrar que su piel no había sufrido el menor daño. Había ordenado que intentaran atravesar su cuerpo con cuchillos, y la impenetrable piel había sellado su rostro mientras intentaban herirlo en vano. Habían arrojado sobre él ácidos, que tan sólo habían conseguido levantar pequeñas nubecillas de vapor. Había engullido sus venenos, y se había reído de ellos.
Al final había llamado a un gusano y se había inmovilizado haciendo frente a su terrible boca. Luego se había dirigido al campo de aterrizaje de Arrakeen, donde había volcado fácilmente una fragata de la Cofradía simplemente tirando de un lado de su tren de aterrizaje.
Los arifa habían informado de todo aquello con un temor reverencial, y ahora los delegados de las tribus habían acudido a sellar su sumisión.
El abovedado techo de la Gran Sala, con sus sistemas de absorción acústica, tendían a eliminar los ruidos demasiado intensos, pero el constante roce de pies moviéndose se insinuaba en todos los sentidos, mezclándose con el polvo y el olor a roca que entraba del exterior.
Jessica, que se había negado a participar en la ceremonia, observaba desde una alta ventana espía tras el trono. Su atención estaba centrada en Farad'n, y en su convición de que tanto ella como Farad'n habían sido manipulados. ¡Por supuesto que Leto y Ghanima se habían anticipado a la Hermandad! Los gemelos podían consultar dentro de sí mismos a una legión de Bene Gesserit mayor que todas las Reverendas Madres que vivían en el Imperio.
Sentía particularmente la amargura de la forma en que la mitología de la Hermandad había atrapado a Alia ¡Miedo edificado en el miedo! Los hábitos de generaciones habían impreso el destino de la Abominación en ella. Alia no había conocido la esperanza. Por supuesto que había sucumbido. Su destino hacía que el éxito de Leto y Ghanima fuera aún más difícil de soportar. No había un sólo camino para salir de la trampa, sino dos. La victoria de Ghanima sobre sus vidas interiores y su insistencia en que Alia merecía tan sólo piedad eran lo más amargo de todo. La supresión hipnótica bajo stress ligada con el apoyo de un antepasado benigno habían salvado a Ghanima. Hubieran podido salvar a Alia. Pero sin esperanzas, no había sido intentado nada hasta que ya era demasiado tarde. El agua de Alia había sido esparcida por la arena.
Jessica suspiró, fijando su atención en Leto sentado en el trono. Un gran canope conteniendo el agua de Muad'Dib ocupaba un lugar de honor a su derecha. Leto se había jactado a Jessica de que su padre dentro de él se había reído de su gesto, pese a admirarlo.
Aquel canope y aquella jactancia habían motivado el que resolviera no participar en aquel ritual. Por mucho tiempo que viviera, sabía que nunca aceptaría a Paul hablando por boca de Leto. Se alegraba de que la Casa de los Atreides hubiera sobrevivido, pero el precio que había habido que pagar por ello estaba más allá de su fortaleza.
Farad'n se sentaba, con las piernas cruzadas, junto al canope con el agua de Muad'Dib. Era la posición del Escriba Real, un honor recientemente conferido y recientemente aceptado.
Farad'n sentía que se estaba adaptando muy bien a aquellas nuevas realidades, pese a que Tyekanik seguía irritándose y prometiendo terribles consecuencias. Tyekanik y Stilgar habían formado un duo agorero que parecía divertir a Leto.
Durante las horas que duró la ceremonia de homenaje, Farad'n había pasado de la admiración al aburrimiento y de nuevo a la admiración. Aquel era un fluir incesante de humanidad, formado por incomparables guerreros. Su renovada lealtad al Atreides sentado en el trono no podía ser discutida. Permanecían en sometido terror ante él, completamente alucinados por lo que el arifa les había informado.
Finalmente, la ceremonia llegó a su conclusión. El último Naib se detuvo frente a Leto: Stilgar, en la "posición de honor en la retaguardia". En lugar de cestos repletos de especia, joyas ígneas o cualquier otro de los costosos regalos que se amontonaban en torno al trono, Stilgar llevaba una banda en la frente hecha de fibra de especia trenzada. El Halcón de los Atreides había sido recamado en oro y verde en la banda.
Ghanima la reconoció y lanzó una mirada a Leto con el rabillo del ojo.
Stilgar depositó la banda en el segundo peldaño bajo el trono y se inclinó profundamente.
- Os entrego la banda que llevaba vuestra hermana cuando me fue traída al desierto para que la protegiera -dijo.
Leto contuvo una sonrisa.
- Sé que has tenido momento difíciles, Stilgar -dijo Leto-. ¿Hay algo que yo pueda darte como compensación?
Hizo un gesto hacia los montones de costosos regalos.
- No, mi señor.
- Entonces acepto tu regalo -dijo Leto. Se inclinó hacia adelante, tomó un extremo de la ropa de Ghanima y rasgó una delgada tira-. A cambio, yo te entrego este pedazo de la ropa de Ghanima, la misma ropa que llevaba cuando fue raptada de tu campamento en el desierto obligándome a acudir a salvarla.
Stilgar aceptó el trozo de tela con mano tembloroa.
-¿No os estáis burlando de mí, mi Señor?
-¿Burarme de tí? Por mi nombre, Stilgar, nunca podré burlarme de tí. Te he hecho un regalo que no tiene precio. Te ordeno que lo lleves siempre cerca de tu corazón, para que te recuerde que todos los seres humanos son propensos al error, y que todos los líderes son seres humanos.
Una débil sonrisa escapó de los labios de Stilgar.
-¡Qué Naib hubiérais sido!
-¡Qué Naib soy! Naib de Naibs. ¡Nunca lo olvides!
- Como digáis, mi Señor -Stilgar tragó saliva, recordándo el informe de su arifa. Y pensó: En una ocasión pensé en matarlo. Ahora ya es demasiado tarde. Su mirada se detuvo en el canope, de un elegante color dorado verdoso.
- Esa es agua de mi Tribu.
- Y mía -dijo Leto-. Te ordeno que leas la inscripción que hay a este lado. Léela en voz alta para que todos podamos oírla.
Stilgar dirigió una interrogativa mirada a Ghanima, pero ella le devolvió un ligero alzamiento de su barbilla, una fría respuesta que puso un estremecimiento en todo su cuerpo. ¿Acaso aquellos dos diablillos Atreides habían decidido hacerle pagar su impetuosidad y sus errores?
- Léela -dijo Leto, señalando.
Lentamente, Stilgar ascendió los peldaños, se inclinó sobre el canope. Leyó en voz alta:
- "Esta agua es la esencia suprema, una fuente de creatividad proyectada al exterior. Aunque parezca inmóvil, esta agua es la esencia de todo movimiento."
- ¿Qué significa, mi Señor? -susurró Stilgar. Aquellas palabras lo habían emocionado, tocando algo en su inerior que no podía comprender.
- El cuerpo de Muad'Dib es un caparazón seco como el abandonado por un insecto -dijo Leto-. El dominó el mundo inerior mientras despreciaba el exterior, y aquello condujo a la catástrofe. El dominó el mundo exterior excluyendo al mismo tiempo el interior, y aquello entregó a sus decendientes a los demonios. El Elixir Dorado desaparecerá de Dune, pero la semilla de Muad'Dib pervivirá, y su agua moverá nuestro universo.
Stilgar inclinó la cabeza. Todo lo místico creaba un torbellino en su interior.
- El principio y el fin son una sola cosa -dijo Leto-. Tú vives en el aire pero no lo ves. Se ha cerrado una fase. Ahora viene el inicio de su opuesto. Así tendremos el Kralizec. Todo regresa en una forma cambiada. Tú has sentido los pensamientos en tu cabeza; tus descendientes los sentirán en su vientre. Vuelve al Sietch Tabr, Stilgar. Gurney Haleck se te unirá como mi consultor en tu Consejo.
- ¿No confías en mí, mi Señor? -La voz de Stilgar era muy baja.
- Completamente, o de otro modo no te enviaría a Gurney. El empezará a reclutar la nueva fuerza que muy pronto necesitaremos. Acepto tu voto de fidelidad, Stilgar. Puedes retiarte.
Stilgar se inclinó profundamente, descendió de espaldas los peldaños, se volvió y salió de la sala. Los otros Naibs le siguieron, de acuerdo con el principio Fremen de que "el último será siempre el primero". Pero algunas de sus preguntas siguieron oyéndose desde el trono una vez hubieron partido.
- ¿Qué habéis estado hablando ahí, Stilgar? ¿Qué significan esas palabras en el agua de Muad'Dib?
Leto se dirigió a Farad'n
- ¿Has registrado todo, Escriba?
- Sí, mi Señor.
- Mi abuela dice que te ha entrenado bien en el proceso mnemónico de la Bene Gesserit. Eso es bueno. No quiero verte garabateando junto a mí.
- Como ordenes, mi Señor.
- Ven y quédate de pié junto a mí -dijo Leto.
Farad'n obedeció, agradecido más que nunca del adiestramiento de Jessica. Cuando uno aceptaba el hecho de que Leto ya no era humano, de que ya no podía pensar como pensaba un ser humano, el discurrir de su Senda de Oro se hacía más estremecedor todavía.
Leto alzó la vista hacia Farad'n. Los guardias permanecían inmóviles al fondo, fuera del alcance de sus voces. Sólo los consejeros de la Presencia Interior permanecían en el recinto de la Gran Sala, formando reverentes grupos más allá del primer peldaño. Ghanima se había acercado también, apoyando un brazo en el respaldo del trono.
-No has aceptado cederme tus Sardaukar -dijo Leto-. Pero lo harás.
- Te debo mucho, pero no esto -dijo Farad'n.
- ¿Crees que les será difícil hacer amistad con mis Fremen?
- Tan difícil como les ha sido hacerse amigos a Stilgar y Tyekanik.
- ¿Entonces rehúsas?
- Espero tu oferta.
- Así que debo hacerte una oferta, sabiendo que no habrá una segunda vez. Ruego por que mi abuela haya hecho bien su parte, que estés preparado para comprender.
- ¿Qué debo comprender?
- Siempre hay una mística que prevalece en toda civilización -dijo Leto-. Se edifica a sí misma como una barrera contra el cambio, y esto contribuye indefectiblemente a dejar a las futuras generaciones impreparadas para afrontar los peligros del universo. Todas las místicas son iguales en edificar estas barreras... la mística religiosa, la mística del héroe-lider, la mística del mesías, la mística de la ciencia/tecnología, la mística de la propia naturaleza. Vivimos en un Imperio que ha sido configurado por una tal mística, y ahora este Imperio se está derrumbando porque la mayor parte de la gente no distingue entre la mística y su universo. ¿Ves?, la mística es como una posesión demoníaca; tiende a asumir la consciencia, convirtiéndose en todas las cosas para el observador.
- Reconozco la sabiduría de tu abuela en esas palabras -dijo Farad'n.
- Muy bien, muy bien, primo. ella me preguntó si yo era una Abominación. Le respondí negativamente. Esa fue mi primera falsedad. ¿Sabes? Ghanima escapó a ello, pero yo no. Yo me vi forzado a un equilibrio con mis vidas interiores bajo la presión de una excesiva cantidad de melange. Tuve que buscar la activa cooperación de esas vidas despertadas dentro de mí. Al hacer esto, rechacé a las más malignas, y elegí a un protector dominante para que formara un nexo entre yo, mi consciencia interior y mi padre. En realidad, no soy ni mi padre ni ese protector. Y tampoco soy el Segundo Leto.
- Explícate.
- Tienes una admirable sinceridad -dijo Leto-. Soy una comunidad dominada por un ser increíblemente antiguo y poderoso. Dio origen a una dinastía que prevaleció durante tres mil de nuestros años. Su nombre era Harum y, hasta que su ertirpe degeneró en una acumulación de debilidades congénitas y supersticiones de su descendencia, sus súbditos vivieron en una armonía sublime. Se movían inconscientemente con los cambios de las estaciones. Generaban individuos que tendían a tener vidas breves, eran supersticiosos, y fácilmente dominables por un dios-rey. Pero tomados como un conjunto, eran un pueblo poderoso. Su supervivencia como especie se convierte en una costumbre.
- No me gusta como suena esto -dijo Farad'n.
- Ni a mí tampoco, en realidad -dijo Leto-. Pero este es el universo que he creado.
- ¿Por qué?
- Es una lección que he aprendido en Dune. Hemos mantenido la presencia de la muerte como un espectro dominante entre los seres que viven aquí. Debido a esa presencia, los muertos han cambiado a los vivos. La gente de una tal sociedad se sumerge en sus propias vísceras. Pero cuando llega el momento de invertir el proceso, cuando vuelven a emerger, entonces son grandes y hermosos.
- Eso no responde a mi pregunta -protestó Farad'n.
- No confías en mí, primo.
- Ni tampoco en tu abuela.
- Y con buenas razones -dijo Leto-. Pero la aceptas porque debes hacerlo. Las Bene Gesserit son pragmáticas hasta el fin. Yo comparto su punto de vista sobre nuestro universo, ¿Sabes? Tú llevas las marcas de este universo. Tienes los hábitos del gobernante, catalogando a tu alrededor en términos de posible amenaza o valor.
- He aceptado ser tu escriba.
- Porque te divertía y porque halagaba a tu auténtico talento, que es el de historiador. Posees un genio definitivo en interpretar el presente en términos del pasado. Te me has anticipado en varias ocasiones.
- No me gustan tus veladas insinuaciones -dijo Farad'n.
- Muy bien. Tú vienes desde una infinita ambición hasta tu presente estado, algo más degradado. ¿No te puso en guardia mi abuela contra lo infinito? Es algo que atrae como un proyector en la noche, cegándolo a uno con el exceso que puede infligir a lo finito.
- ¡Aforismos Bene Gesserit! -protestó Farad'n.
- Pero mucho más precisos -dijo Leto-. Las Bene Gesserit creían que podían predecir el curso de la evolución. Pero no tuvieron en cuenta sus propios cambios en el transcurso de esa misma evolución. Asumieron que ellas seguirían siendo siempre iguales a sí mismas, mientras su plan genético evolucionaba. Yo no tengo ese tipo de ceguera reflexiva. Mírame atentamente, Farad'n. Ya no soy humano.
- Eso es lo que me dice tu hermana. -Farad'n vaciló; luego-: ¿Abominación?
- Según la definición de la Hermandad, quizá. Harum es cruel y autocrático. Yo comparto su crueldad. Entiéndeme bien: Yo poseo la crueldad del granjero, y este universo humano es mi granja. Hubo un tiempo en que los Fremen poseían águilas como animales domésticos; yo tendré a un Farad'n domesticado.
El rostro de Farad'n se oscureció.
- Vigila mis garras, primo. Sé muy bien que mis Sardaukar terminarían aplastados tras un tiempo por tus Fremen. Pero también te heriríamos seriamente, y hay chacales que están esperando para abatirse sobre el débil.
- Te usaré del mejor modo posible, eso te lo prometo -dijo Leto. Se inclinó hacia adelante-. ¿Acaso no te he dicho que ya no soy humano? Créeme, primo, ya no nacerán niños de mi bajo vientre, porque ya no tengo bajo vientre. Y esto me fuerza a mi segunda falsedad.
Farad'n aguardó en silencio, sabiendo finalmente en qué dirección iba la argumentación de Leto.
- Iré contra todos los preceptos Fremen -dijo Leto-. Ellos aceptarán porque no pueden hacer otra cosa. Te he traído aquí bajo la promesa de un compromiso, pero no habrá ningún compromiso entre tú y Ghanima. ¡Mi hermana se casará comigo!
- Pero tú...
- He dicho casarse. Ghanima debe continuar la estirpe de los Atreides. Este es el objetivo del programa genético Bene Geserit, que es también ahora mi propio programa.
- Me niego -dijo Farad'n.
- ¿Te niegas a ser el padre de una dinastía Atreides?
- ¿Qué dinastía? Tú ocuparas el trono por miles de años.
- Y moldearé a tus descendientes según mi imagen. Será el más intensivo, el más inclusivo programa de adiestramiento de toda la historia. Seremos un ecosistema en miniatura. ¿Entiendes?, cualquier sistema animal elige sobrevivir a través de un esquema basado en comunidades entrelazadas, interdependientes, trabajando conjuntamente con una finalidad común que es el propio sitema, Y este sistema producirá los más expertos soberanos jamás vistos.
- Pones palabras escogidas para describir el más repugnante...
- ¿Quién sobrevivirá al Kralizec? -preguntó Leto-. Porque, te lo prometo, el Kralizec vendrá.
- ¡Estás loco! Vas a despedazar el Imperio.
- Por supuesto que lo haré... y no puedo enloquecer porque ya no soy humano. Pero crearé una nueva consciencia en todos los hombres. Te digo que bajo el desierto de Dune hay un lugar secreto con el mayor tesoro de todos los tiempos. No te miento. Cuando el último gusano muera y la última melange sea recolectada sobre nuestra arena, esos profundos tesoros surgirán y se esparcirán por todo el universo. A medida que el poder del monopolio de la especia se extinga y las reservas ocultas se agoten, nuevos poderes aparecerán por todas partes en nuestro reino. Ya es tiempo de que los seres humanos aprendan de nuevo a vivir según sus instintos.
Ghanima apartó el brazo del despaldo del trono, se dirigió al lugar donde estaba Farad'n y tomó su mano.
- Al igual que mi madre no era esposa, tú tampoco serás esposo -dijo Leto-. Pero quizás haya amor, y esto será suficiente.
- Cada día, cada momento es cambio -dijo Ghanima-. Uno aprende a reconocer esos momentos.
Farad'n sintió el calor de la pequeña mano de Ghanima como una insistente presencia. Reconoció la persuasiva penetración de los argumentos de Leto, pero la Voz no había sido usada ni una sola vez. Era una llamada a sus vísceras, no a su mente.
- ¿Es esto lo que me ofreces por mis Sardaukar? -preguntó.
- Mucho, mucho más, primo. Ofrezco el Imperio a tus descendientes. Te ofrezco a tí la paz.
- ¿Y cuál será el resultado de tu paz?
- Su opuesto -dijo Leto, con vez calmosamente burlona. Farad'n agitó la cabeza.
- Considero muy alto el precio por mis Sardaukar. ¿Deberé seguir siendo Escriba, el padre secreto de tu estirpe real?
- Deberás.
- ¿Intentarás forzarme a aceptar tu visión personal de la paz?
- Lo haré.
- Me resistiré durante todos los días de mi vida.
- Pero esta es la función que espero de tí, primo. Es por eso por lo que te he elegido. Y la convertiré en oficial. Te daré un nuevo nombre. Desde este momento serás llamado el Perturbador del Hábito, lo cual en nuestra lengua equivale a Harq al-Ada. Vamos, primo, no seas obtuso. Mi abuela te adiestró bien. Entrégame tus Sardaukar.
- Entrégaselos -hizo eco Ghanima-. Los tendrá de una u otra forma.
Farad'n captó temor por él en la voz de Ghanima. ¿Amor, acaso? Leto no pedía razonamiento, sino un salto intuitivo.
- Tómalos -dijo Farad'n.
- De acuerdo -dijo Leto. Se levantó del trono, un movimiento curiosamente fluido, como si mantuviera sus terribles poderes bajo el más delicado control. Leto descendió hasta situarse al nivel de Ghanima, la hizo girar suavemente hasta que le dio la espalda, y entonces se giró él mismo para colocarse contra ella, espalda contra espalda.
- Observa esto, primo Harq al-Ada. Esa es la forma en que estaremos siempre. Esa será nuestra posición cuando estemos casados. Espalda contra espalda, cada uno de nosotros mirando más allá del otro para proteger la identidad que siempre hemos sido. -Se giró, miró burlonamente a Farad'n, bajó la voz-: Recuerda esto, primo, cuando estés frente a frente con mi Ghanima. Recuérdalo cuando le susurres amor y cosas dulces, cuando te sientas más tentado por la costumbre de mi paz y de mi satisfacción. Tu espalda estará al descubierto.
Apartándose de ellos, bajó los últimos peldaños y se dirigió hacia los cortesanos que aguardaban, los arracimó a su alrededor como satélites, y salió de la sala.
Ghanima tomó de nuevo la mano de Farad'n, pero su mirada seguía fija en el extremo más alejado de la sala, por donde Leto había desaparecido.
-Uno de nosotros dos debía aceptar la larga agonía -dijo-, y él siempre ha sido el más fuerte.