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sábado, 14 de septiembre de 2013

Story Cubes

Story Cubes es un juego de crear historias. El juego base consiste en 9 dados de 6 caras con dibujos distintos en cada cara de cada dado.
Alguien tira los dados, y según los dibujos que salen, y lo que le inspiren, va hilando una historia, generalmente corta, aunque puede ser todo lo larga que quiera, hasta que todos los dibujos que le han salido, han sido usados en la historia.

Anoche, junto con unos amigos, estabamos en casa de uno de ellos, y acabamos jugando al Story Cubes, junto con dos de sus expansiones: Voyages y Actions.
Repartimos los dados entre todos y creamos una historia entre Juanje, Alex, Taria, Duenda, Felipe, Wargo y yo.

Esto es lo que salió.

Érase una vez un científico chiflado que trabajaba en los restos de su laboratorio, que eran escasos debido a su trabajo.
De repente se dió cuenta de que había una especie de zumbido a su alrededor. Anduvo mirando a ver de dónde salía ese zumbido, hasta que se dió cuenta de que las plantas con las que estaba experimentando habían crecido en tamaño y cantidad de una forma asombrosa.
Las ratas, las cucarachas y, en general, todos los animales que había en su laboratorio también habían crecido de una forma extraordinaria. Tal vez por algún producto escapado de su laboratorio tenían los ojos rojos y parecían mirarle con gran apetito.
Aunque su sentido común le indicaba huír, decidió coger un par de animales aleatorios para regalárselos a su hijo, ya que iba a ser su cumpleaños pronto.
Muy feliz con su nueva idea cantó: Uhhh, que gran padre soy!! a la vez que se marcaba un baile estilo Carlton Banks.
Mientras bailaba, tropezó con una estantería y le cayó un gran libro en el pié, dejándole cojo de dolor.
Metió el libro en una mochila y se fue a mirar si había salido un nuevo libro de Stephen King, de quien era un gran fan, así que se dirigió a su librería favorita.
Cuando el científico se fué, las ratas se pusieron a llorar muy tristes (pobres ratas del tamaño de un husky siberiano). De todas formas, aprovechando que estaban solas, decidieron salir a ver mundo, y seguir el rastro del científico.
Pero como el laboratorio era extremadamente grande, antes de conseguir salir, el científico se las encontró a la vuelta de la librería.
- ¡Pobrecitas! ¿Tenéis hambre? Ahora comemos -dijo- que visto cómo han crecido todas estas plantas con una de estas manzanas (caray, que rápido han empezado a dar fruto todos estos vegetales) coméis tres de vosotras.
¡Oh! ¡Que curioso! ¡Una manzana morada! ¿A ver a qué sabe?
Se comió la manzana y se empezó a sentir ligeramente mareado. Se desvaneció y cuando despertó no se sentía igual. Estaba desorientado, no sabía nada más de antes de comer la manzana. Viendo el panorama en el que se encontraba, salió despavorido del laboratorio, que no reconocía, chillando como una nena, dejando a su vez las puertas abiertas de par en par a la flora y fauna allí creados.
Todo esto coincidió con que una troupe de circo pasaba por allí. Miraron atentamente y con curiosidad a todos esos extraños animales gigantescos y decidieron capturar alguno para el circo, así que dejaron como cebo a la mujer barbuda para atraer a los bichos con su olor corporal.
Mientras se acercaban, se fue dando cuenta la mujer de que eran más grandes y peligrosos de lo que parecían, y al darse cuenta de lo ruines que eran sus jefes, decidió quedarse cerca de la caravana donde estos estaban, por la posibilidad de que los animales acabaran con ellos.
El equilibrista, que era amigo de la mujer barbuda, y estaba secretamente enamorado de ella, ya que le gustaban los animales, decidió salvarla descolgándose de un árbol, pero se encontró ante un dilema cuando al descolgarse, vió como una de las ratas grandes como huskies siberianos le ponía ojitos...
Siguió en cambio la llamada de su corazón y huyó junto a la mujer barbuda, topándose con el científico loco, junto con el que huyeron, gritando todos a coro.
El científico loco, la mujer barbuda y el equilibrista zoófilo tomaron un barco y se sintieron por fin a salvo de las ratas gigantes. Pero éstas les siguieron, creando para ello un transporte subacuático formado por miembros humanos, cachos de metal, saliva... en fin, todo lo habitual en estos casos.
Las pobres ratas dentro del submarino van por el mar hasta que empiezan a caer cosas del techo ¡Se estaba desmontando!
Tuvieron que detener su persecución para solucionar su problema. En su útil intelecto decidieron gritarse y colocar piezas al azar, y lograron continuar avanzando hasta que consiguieron encallar en una isla con unas grandes columnas enmohecidas en la superficie, columnas que parecían pertenecer a un lugar antiguo y legendario.
Al llegar y encallar hicieron mucho ruido. Poco después oyeron que alguien llamaba a la puerta... Alguien o algo. Abrieron y se encontraron con Aquaman, completamente enfadado, que les gritó de todo hasta que las ratas decidieron comérselo. Una de ellas mutó y mutó hasta que se transformó en Aquarata.
Por otra parte, el barco se vió envuelto en un inmenso banco de densísima niebla, dejó de funcionar correctamente y paró en una cala que se encontraron por casualidad. El capitán del barco dió permiso para bajar a tierra mientras intentaban reparar el barco, así que el científico loco, la mujer barbuda y el equilibrista decidieron irse a dar una vuelta, y encontraron un enorme árbol donde decidieron pasar un tiempo descansando y, el equilibrista, mirando por el escote de la mujer barbuda.
Se formó una tormenta tropical rápidamente y cayó un rayo en el punto más alto de la isla, que era el gran árbol. El rayo espabiló al trío, en especial al científico loco, que recuperó la memoria, recordando lo que había pasado y el embrollo en el que estaban.
Decidió recuperar las ratas (no quería perder el regalo de cumpleaños que había decidido hacerle a su hijo), y siguió un rastro que le pareció correspondía a los bichos, a ver a dónde llegaba.
Antes de seguir con el científico retomemos la historia de nuestras ratas supermodificadas. Con su nuevas ansias de conocimiento, dedujeron que si habían seguido bien el rastro del científico, deberían estar todos en la misma zona, así que se pusieron a ver si le encontraban en la isla.
Después de un rato de seguirse mútuamente las huellas en círculo (era una isla pequeñita), el científico se cansó, volvió con los otros dos y mientras perdían el tiempo, se encontraron felizmente con las ratas.
Una de las ratas demostraba un comportamiento que le interesaba tanto al científico, que decidió intentar matarla y diseccionarla para estudiarla.
De todas las buenas, malas, locas e ideas a secas, esta era de las peores, ya que Aquarat decidió hacerse la muerta para, justo cuando el científico se acercaba a ella con un hierro en la mano que se había encontrado por ahí, atacar al científico y comérselo.
El científico de repente descubrió que ya no necesitaba diseccionar a la rata para entender porqué había mutado, pues se dió cuenta de que él mismo era la rata ahora, y entendía cómo funcionaba y todo lo demás.
Ahora era... ¡Aqua-cientificoloco-rat!
A la luz de este reconocimiento ratonil superior mutante, el científico loco-rata, estudiaba cada movimiento y cada parte de su cuerpo con gran ilusión, mientras hablaba solo con entusiasmo, frente a la otra rata gigante, que estaba muy asustado y no entendía nada, el equilibrista y la mujer barbuda que chillaban como si no hubiera mañana.
Curiosamente (y por exigencias del guión), pasó cerca una boa constrictor, que fué enganchada por el equilibrista y la mujer barbuda, quienes, agarrándola por la cola la agitaron y la lanzaron a las ratas. La serpiente, como estaba hambrienta, empezó a comerse a las ratas, pero, tras comerse a una de ellas, y cuando intentó comerse a Aqua-cientificoloco-rat, llegaron unos indígenas con peinado afro y vestimenta setentera que a coro les gritaron: Stop! In the name of love!
Salvaron a Aqua-cientificoloco-rat y la erigieron como su nuevo dios-rey, sacrificando al equilibrista y a la mujer barbuda para celebrarlo.
La superrata fundó el nuevo reino de Ratveria y todos fueron felices para siempre.

martes, 16 de septiembre de 2008

Los Seres Fulgentes - David Eddings - El Tamuli II

- Claro que te amo, Berit-caballero -dijo la emperatriz Elysoun con un poco de tristeza-, pero también lo amo a él.
- ¿Y a cuántos más amas, Elysoun? -le preguntó Berit con tono ácido.
La emperatriz de pechos desnudos se encogió de hombros.
- He perdido la cuenta. A Sarabian no le importa. ¿Por qué habría de importarte a tí?
- ¿Entonces hemos acabado? ¿Ya no quieres volver a verme?
- No seas ridículo, Berit-caballero. Por supuesto que quiero volver a verte... tan a menudo como me sea posible. Lo único que sucede es que habrá ocasiones en que estaré ocupada viéndolo a él. No tenía necesidad de decírtelo, ya lo sabes, pero eres tan bueno que no quería actuar a tus espaldas para... -la muchacha luchaba para encontrar la palabra adecuada.
- ¿Para ser infiel? -dijo bruscamente Berit.
- Yo nunca soy infiel -le contestó ella indignada-. Retira eso ahora mismo. Soy la dama más fiel de toda la corte. Le soy fiel a al menos una docena de jóvenes, a todos al mismo tiempo.
El se echó a reir repentínamente.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? -le preguntó ella con tono imperioso.
- Nada, Elysoun -replicó él con un afecto genuino-. Eres tan deliciosa que no puedo evitar echarme a reír.
Ella suspiró.
- La vida sería mucho más sencilla para mí si los hombres no os tomarais estas cosas con tanta seriedad. El amor debería ser divertido, pero vosotros fruncís el ceño y agitáis los brazos en el aire por su causa. Vete a amar a alguna otra. A mí no me importa. Siempre y cuando todo el mundo sea feliz, ¿qué importancia tiene quién ha hecho feliz a cada cual?
Él le sonrió.
- Todavía me amas, ¿verdad, Berit-caballero?
- Por supuesto que sí, Elysoun.
- ¿Lo ves? ¿Todo está arreglado, entonces?

lunes, 28 de julio de 2008

Todos los Weyrs de Pern - Anne McCaffrey

PRÓLOGO


El Sfía sintió que sus sensores respondían a una renovación de energía procedente de los paneles del tejado que lo cubría. El viento debía de ser fuerte, lo suficiente para quitar de los paneles el polvo y la ceniza volcánica acumulados. Había habido bastantes incidentes similares a lo largo de los últimos dos mil quinientos años, así que el Sfia pudo seguir funcionando, aunque sólo con un nivel de mantenimiento muy bajo.
Al repasar los principales circuitos operativos, el Sfia no encontró ningún desperfecto. Los sensores óptcos externos seguían obstruídos, pero fue consciente de nuevo de la actividad que se producía en sus inmediaciones.
¿Era posible que los humanos hubieran regresado a la zona de Aterrizaje?
Aún no había completado su misión prioritaria: descubrir un medio para destruir al organismo que los capitanes denominaron "Hebras". No había recibido información significativa para el cumplimiento de esa tarea, pero la prioridad nunca fue cancelada.
La energía empezó a aumentar sus recursos conforme los paneles eran descubiertos. No se trataba de un hecho casual provocado por el viento u otros fenómenos meteorológicos, sino una actividad consciente y eficaz. A medida que limpiaban los paneles, la energía solar recargaba los colectores, inactivos durante tanto tiempo. El Sfia respondió distribuyendo la energía revitalizante por sus sistemas, haciendo rápidas comprobaciones a través de circuitos hasta entonces dormidos.
El Sfia había sido muy bien diseñado y, como la energía continuó fluyendo, funcionó a pleno rendimiento cuando descubrieron los sensores exteriores.
¡Los humanos habían regresado a Aterrizaje! ¡Muchos de ellos! Una vez más, la humanidad había triunfado sobre expectativas adversas. El Sfia captó mediante sus elementos ópticos ajustables que todavía los acompañaban las criaturas llamadas lagartos de fuego. El ruido se filtraba también por los canales de audio: voces humanas pronunciando palabras extrañas. ¿Un cambio lingüístico? En dos mil quinientos años era muy probable. El Sfia escuchó e interpretó, comparando las vocales alteradas y las consonantes difusas con sus pautas idiomáticas. Organizó los nuevos sonidos en grupos y los comparó con su programa semántico.
En su campo de visión apareció una inmensa criatura blanca. ¿Descendiente de la primera producción de ingeniería genética? El Sfia hizo una rápida extrapolación a partir de los archivos del biolaboratorio y llegó a la inevitable conclusión de que los llamados dragones habían madurado y prosperado. Buscó "blanco" en los parámetros de la especie creada artificialmente, pero no lo encontró.
La humanidad no sólo había sobrevivido a la caída de las Hebras durante dos mil quinientos veinticinco años, sino que se había fortalecido. La especie tenía la tenacidad necesaria para sobrevivir donde otras sucumbían.
Si los humanos habían logrado regresar del Continente Septentrional, ¿habrían conseguido también destruir al organismo? Eso estaría bien. ¿Qué debería hacer entonces el Sfia si su prioridad estaba cumplida?
Los humanos, con su insaciable curiosidad e inquietud, tendrían nuevas tareas para un Sistema Fonético de Inteligencia Artificial. No eran unos seres que se contentaran fácilmente, según sabía por sus bancos de memoria. Pronto los que trabajaban para eliminar detritus de siglos descubrirían todo el edificio y llegarían hasta él. Desde luego, el Sfia debía reaccionar como ordenaba su programa.
Esperó.

sábado, 14 de junio de 2008

Papá Puerco - Terry Pratchett

Mustrum Ridcully se ajustó la toalla alrededor de la cintura.
- ¿Cómo va la cosa, señor Modo?
El jardinero de la universidad le hizo el saludo militar.
- ¡Las cisternas están llenas, señor archicanciller, señor! -dijo en tono alegre-. ¡Y llevo todo el día echando leña en las calderas del agua!
Los demás magos del claustro se agolparon en la puerta.
- En serio, Mustrum, de verdad creo que esto es muy insensato -dijo el conferenciante de Runas Recientes-. Está claro que por algo lo sellarían.
- Recuerde lo que decía en la puerta -dijo el decano.
- Oh, esas cosas las escriben simplemente para que no entre nadie -dijo Ridcully, desenvolviendo una pastilla nueva de jabón.
- Bueno, sí -dijo el catedrático de Estudios Indefinidos-. Es verdad. Es lo que se suele hacer.
- Es un cuarto de baño -dijo Ridcully-. Estáis actuando todos como si fuera alguna clase de cámara de torturas.
- Un cuarto de baño -dijo el decano- diseñado por Jodido Estúpido Johnson. ¡El archicanciller Ceravieja solamente lo usó una vez y luego lo hizo sellar! ¡Mustrum, le ruego que lo piense mejor! ¡Es un Johnson!
Hubo una especie de pausa, porque incluso Ridcully tuvo que hacerse a la idea de aquello.
Al desaparecido (o al menos en paradero desconocido) Jenaro Escéfalo Johnson se lo reconocía ampliamente como el peor inventor del mundo, si bien en un sentido muy especializado. Los inventores simplemente malos cosntruían cosas que no funcionaran. Pero él no se contaba entre aquellos mequetrefes. Cualquier tonto podía fabricar algo que no hiciera absolutamente nada cuando apretabas el botón. Todo lo que él construía funcionaba. Simplemente no hacía lo que ponía en la caja. Si querías un misil pequeño tierra-aire, le pedías a Johnson que diseñara una fuente ornamental. Venía a ser más o menos lo mismo. Pero aquello nunca le desanimó, ni a él ni a la curiosidad morbosa de su clientes. La música, el diseño de jardines, la arquitectura... sus talentos parecían no empezar nunca.
En todo caso, resultaba un poco sorprendente descubrir que Jodido Estúpido Johnson se había pasado al diseño de cuartos de baño. Pero tal como decía Ridcully, se sabía que había diseñado y construido varios órganos musicales de gran tamaño, y si uno iba al fondo del asunto, todo era una simple cuestión de fontanería, ¿no?
Los demás magos, que llevaban más tiempo allí que el archicanciller, eran de la opinión de que si Jodido Estúpido Johnson había construído un cuarto de baño completamente funcional, es porque había intentado hacer otra cosa.

sábado, 26 de abril de 2008

Hombres de Armas - Terry Pratchett

Durante la última hora, había aprendido más cosas sobre Ankh-Morpork de las que cualquier persona razonable podía llegar a querer saber. Tenía la vaga sospecha de que Zanahoria estaba tratando de hacerle la corte. Pero, en vez de los bombones o las flores habituales, parecía estar tratando de envolver una ciudad entera en papel de regalo.
Y, en contra de todos sus instintos, Angua estaba empezando a sentirse celosa. ¡De una ciudad! ¡Por todos los dioses, pensó, si solo hace un par de días que le conozco!
Era la manera en que Zanahoria vestía el lugar. Esperabas que en cualquier omento entonara esa clase de canción con rimas sospechosas y frases como "Mi clase de ciudad" y "Quiero ser parte de ella"; la clase de canción en que la gente baila por la calle, da manzanas a la persona que está cantando, una docena de humildes vendedoras de cerillas de pronto muestran asombrosas habilidades coreográficas, y todo el mundo se comporta como ciudadanos encantadores y amables en vez de como los individuos egoístas, malvados y capaces de llegar al asesinato que ellos mismos sospechan ser. Pero la diferencia estaba en que si de pronto Zanahoria se hubiera puesto a cantar y bailar, la gente se habría unido al número musical. Zanahoria era capaz de hacer que un círculo de monumentos megalíticos se pusiera en fila detrás de él y bailara una rumba.

martes, 29 de enero de 2008

El Segador - Terry Pratchett


Bill Puerta abrió la mano. La señorita Flitworth arqueó las cejas. Allí estaba el reloj de cristal dorado, con la burbuja de encima casi vacía. Pero parpadeaba, un instante estaba allí, y al otro no.
-¿Cómo es que lo tiene usted? ¡Si está arriba! La niña lo tiene tan agarrado como... -titubeó-. Como alguien que agarra algo muy fuerte.
TODAVÍA SIGUE ARRIBA. PERO TAMBIÉN ESTÁ AQUÍ. Y EN TODAS PARTES. AL FIN Y AL CABO, NO ES MÁS QUE UNA METÁFORA.
-Pues lo que la niña tiene en la mano parece muy real.
EL HECHO DE QUE ALGO SEA UNA METÁFORA NO QUIERE DECIR QUE NO SEA REAL.
La señorita Flitworth era consciente de que la voz de Bill Puerta resonaba como si hubiera un eco, como si las palabras fueran pronunciadas por dos personas a la vez, casi en sincronía, pero no del todo.
-¿Cuánto le queda?
ES CUESTIÓN DE HORAS.
-¿Y la guadaña?
LE DI INSTRUCCIONES MUY CONCRETAS AL HERRERO.
La mujer frunció el ceño.
-No digo que el joven Simnel sea mal muchacho, pero... ¿está usted seguro de que lo hará? Pedir a un hombre como él que destruya una herramienta como esa es.. bueno, es pedir demasiado.
NO TUVE ELECCIÓN. EL PEQUEÑO HORNO QUE HAY AQUÍ NO ERA SUFICIENTE.
-Era una guadaña muy afilada.
ME TEMO QUE NO TODO LO AFILADA QUE HACÍA FALTA.
-¿Y nadie lo intentó nunca con usted?
HAY UN DICHO: NO TE LO PUEDES LLEVAR CONTIGO.
-Si.
¿CUÁNTA GENTE SE LO HA CREÍDO DE VERDAD?
-Recuerdo que una vez leí algo sobre esos reyes paganos -respondió la señorita Flitworth, titubeante-. Gente del desierto, ya sabe. Los que construían pirámides y metían tantas cosas dentro. Hasta barcos y todo. Hasta chicas con pantalones transparentes, y cacharros de cocina y todo. No me irá a decir que eso está bien.
NUNCA HE ESTADO MUY SEGURO ACERCA DE LO QUE ES EL BIEN, respondió Bill Puerta. NO ESTOY SEGURO DE QUE EXISTA ESO DEL BIEN. O EL MAL. SOLO HAY LUGARES EN LOS QUE ESTAR.
-No, lo que está bien está bien, y lo que está mal está mal -replicó la señorita Flitworth-. A mí me educaron para conocer la diferencia.
LA EDUCÓ UN CONTRABANDISTA.
-¿Un qué?
UNA PERSONA QUE HACE CONTRABANDO.
-¿Y eso qué tiene de malo?
ME LIMITO A SEÑALAR QUE ALGUNAS PERSONAS PODRÍAN TENER UNA OPINIÓN DIFERENTE.
-¡Esas no cuentan!
PERO...
En algún punto de la colina cayó un rayo. El trueno retumbó sobre la casa. Unos cuantos ladrillos de la chimenea se derrumbaron. Entonces, las ventanas temblaron ante una temible sacudida.
Bill Puerta recorrió la sala a zancadas, y abrió la puerta de golpe.
Piedras de granizo, del tamaño de huevos de gallina, rebotaron contra ella y se colaron en la cocina.
OH, TEATRO.
-¡Oh, demonios!
La señorita Flitworth se coló por debajo del brazo de Bill Puerta.
-¿Y de dónde sale ese viento?
¿DEL CIELO?, sugirió Bill Puerta, sorprendido ante el repentino nerviosismo.
-¡Vamos!
La mujer corrió hacia la cocina como un torbellino, y rebuscó en un cajón hasta dar con un farol y un fajo de cerillas.
PERO USTED DIJO QUE SE SECARÍA...
-Con una tormenta normal, si, pero con esta barbaridad... ¡se estropeará! ¡Mañana por la mañana nos la encontraremos dispersa por toda la colina!
Consiguió encender el farol y volvió corriendo.
Bill Puerta miró hacia el exterior, hacia la tormenta. Vio cómo el vendaval arrastraba algunas pajas.
¿ESTROPEARSE? ¿MI COSECHA? Se irguió en toda su altura. ¡Y UNA MIERDA!

sábado, 7 de julio de 2007

¡Voto a bríos! - Terry Pratchett

Losdos bandos se vigilaban con cuidado. Eran viejos enemigos. Habían medido sus fuerzas muchas veces, habían saboreado la derrota y la victoria, habían reclamado el mismo territorio. Pero esta vez iban a llegar al final.
Nudillos lívidos. Arrastre impaciente de botas.
El capitán Zanahoria botó un par de veces la pelota.
- Muy bien, chavales, una vez más, ¿eh? Y esta vez, nada de juego sucio. William, ¿qué estás comiendo?
El Artero Bofetón frunció el ceño. Nadie, nadie conocía su nombre. Ni los niñoscon los que había crecido conocían su nombre. Su madre, si es que alguna vez se enteraba de quién era, probablemente no conocía su nombre. Pero Zanahoria había conseguido averiguarlo. Si cualquier otro lo hubiera llamado "William", ahora estarían buscando su propia oreja. Dentro de su propia boca.
- Goma de mascar, señor.
- ¿Has traído bastante para todos?
- No, señor.
- Entonces tíralo, así me gusta. Ahora, vamos a... Gavin, ¿qué llevas en la manga?
El que era conocido como Gav el Cerdo no se molestó en discutir.
- Un cuchillo, señor Zanahoria.
- Y supongo que sí que habrás traído bastantes para todos, ¿eh?
- Exacto, señor. -El Cerdo sonrió. Tenía diez años.
- Venga, ponlos en el montón con los demás...
El agente Shoe miró horrorizado por encima de la tapia. Había unos cincuenta chavales en el amplio callejón. Edad media en años, unos once. Edad media en cinismo y perversidad maligna: unos ciento sesenta y tres. Aunque el fútbol de Ankh-Morpork no suele tener porterías propiamente dichas, se habían fabricado dos usando el método tradicional de amontonar cosas para marcar el sitio donde estarían los postes.
Dos montones: uno de cuchillos y otro de objetos contundentes.
En medio de los chicos, que iban vestidos con los colores de algunas de las bandas callejeras más peligrosas, el capitán Zanahoria estaba haciendo botar una vejiga de cerdo inflada.
El agente Shoe se preguntó si debería ir a buscar ayuda, pero el hombre parecía bastante tranquilo.
- Esto, ¿capitán? -se aventuró a decir.
- Ah, hola, Reg. Estábamos aquí jugando un partido amistoso de fútbol. Este es el agente Shoe, chicos.
Cincuenta pares de ojos dijeron: nos hemos quedado con tu cara, madero.
Reg se coló por un lado de la tapia y los ojos vieron la flecha que le había atravesado la coraza y le sobresalía varios centímetros de la espalda.
- Tenemos un problemilla, señor -dijo Reg-. Me ha parecido que tenía que venir a buscarle. Es una situación con rehenes...
- Voy ahora mismo. Muy bien, chavales, lo siento. Jugad entre vosotros, ¿queréis? Y confío en veros a todos el martes para cantar canciones y hacer la barbacoa de salchichas.
- Vale, señor -dijo el Artero Bofetón.
- Y la cabo Angua verá si os puede enseñar el aullido de fogata de campamento.
- Sí, vale -dijo el Cerdo.
- Pero ¿qué hacemos antes de separarnos? -preguntó Zanahoria, expentante.
Los miembros de los Skat y los Mohock se miraron con timidez entre ellos. Normalmente nada les ponía nerviosos, ya que mostrar miedo en cualquier circunstancia se castigaba con la expulsión. Pero en el momento de redactar las diversas normas de los clanes, a nadie se le había ocurrido que existiera alguien como Zanahoria.
Mirándose con expresión de "como menciones esto alguna vez te mato", todos levantaron los índices de ambas manos hasta ponerlos a la altura de las orejas y dijeron a coro: "Wib wib wib".
- "Wob wob wob" -respondió animadamente Zanahoria-. Muy bien, Reg, vámonos.
- Pero ¿cómo estaba haciendo eso, capitán? -preguntó el agente Shoe, mientras los dos guardias se alejaban a toda prisa.
- Oh, hay que levantar los dos dedos así -dijo Zanahoria-. Pero te agradecería que no se lo contaras a nadie, porque se supone que es una señal secr...
- ¡Pero si son maleantes, capitán! ¡Jóvenes asesinos! ¡Villanos!
- Oh, son un poco descarados, pero en el fondo son buenos chicos, cuando uno se toma tiempo para entender...
- ¡He oído que nunca le dan a nadie bastante tiempo para entender! ¿Sabe el señor Vimes que está usted haciendo esto?
- Lo sabe más o menos, sí. Le dije que me gustaría fundar un club para los chavales de la calle y él me dijo que estaba bien siempre y cuando los llevara de acampada a algún acantilado realmente escarpado en algún sitio donde hubiera vientos fuertes. Pero él siempre dice esas cosas. Y estoy seguro de que no queremos que cambie. A ver, ¿dónde están esos rehenes?
- Vuelve a ser en la tienda de Vortin, capitán. Pero eso... eso no es lo malo...
Detrás de ellos, los Skat y los Mohock se miraron entre ellos con recelo. Luego recogieron sus armas y se alejaron despacio y con cuidado. No es que no queramos pelear, decían sus gestos. Es simplemente que ahora mismo tenemos mejores cosas que hacer, así que vamos a irnos para averiguar cuáles son.

sábado, 30 de junio de 2007

La luz fantástica - Terry Pratchett

Y muy lejos, pero situado en el curso de colisión, el héroe más grande jamás nacido en el Disco se liaba un cigarrillo, completamente inconsciente de la que le aguardaba.
El pitillo que hacía girar expertamente entre los dedos era interesante: como muchos magos errantes de los que había aprendido el arte, aquel héroe tenía la costumbre de guardarse las colillas en un saquito de cuero y usar los restos para hacerse nuevos cigarrillos. Las implacables leyes de los promedios dictaban que parte de aquel tabaco había sido fumado casi contínuamente durante muchos años. La sustancia que intentaba prender sin éxito..., bueno, digamos que habría servido para alquitranar carreteras.
Tan grande era la reputación de este hombre que un grupo de jinetes nómadas bárbaros le había invitado respetuosamente a reunirse con ellos en torno a su hoguera de boñigas de caballo. Los nómadas de las regiones del Eje solían emigrar hacia la Periferia cuando llegaba el invierno, y éstos formaban parte de una tribu que había plantado sus tiendas de fieltro en la sofocante ola de calor de -3 grados. Ivan por ahí con las narices despellejadas y quejándose de insolaciones.
El efe bárbaro dijo:
- ¿Cuáles, pues, son las grandes cosas que un hombre puede encontrar en la vida?
Es el tipo de conversaciones que hay que iniciar para que los bárbaros esteparios se mantengan sentados en círculos.
El hombre situado a su derecha bebió pensativamente un sorbo de cóctel de leche de yegua y sangre de lince blanco, y así habló:
- El horizonte nítido de la estepa, el viento en tu melena, un caballo descansado para cabalgar.
El hombre de su izquierda dijo:
- El grito de un águila blanca en las montañas, la caída de la nieve en el bosque, una buena flecha en tu arco.
El jefe asintió y dijo:
- Sin duda es el espectáculo de tu enemigo muerto, la humillación de su tribu y el llanto de sus mujeres.
Se oyó un murmullo generalizado de aprobación ante tan extravagante afirmación.
El jefe se volvió respetuosamente hacia su invitado, una figurilla que se calentaba cuidadosamente los sabañones junto a la hoguera.
- Pero nuestro huésped, cuyo nombre es legendario, sin duda conoce la verdad: ¿Cuáles son las grandes cosas que un hombre puede encontrar en la vida?
El invitado se detuvo en mitad de otro inútil intento por encender su pitillo.
- ¿Cómo dicez? -preguntó, desdentado.
- Que cuáles son las grandes cosas que un hombre puede encontrar en la vida.
Los guerreros se inclinaron hacia delante para oír mejor. Aquello valdría la pena.
El invitado pensó durante largo rato con todas sus fuerzas, y luego dijo con voz pausada:
- Agua caliente, buenoz dientez y papel higiénico suave.

[...]

Los druidas del Disco se enorgullecían de su progresista aproximación al descubrimiento de los misterios del universo. Por supuesto, como los druidas de todas partes, creían en la unidad esencial de todo lo que vive, en el poder curativo de las plantas, en el ritmo natural de las estaciones y en la incineración de todo el que no percibiera adecuadamente todo esto, pero también habían pensado mucho sobre la base misma de la creación, y llegaron a formular la siguiente teoría:
El universo, según decían, dependía para su funcionamiento del equilibrio de cuatro fuerzas que ellos identificaban como encanto, persuasión, inseguridad y mala leche.
De esta manera, el sol y la luna orbitaban en torno al Disco porque habían sido persuadidos para no caer, pero en realidad no volaban a causa de la inseguridad. El encanto permitía que los árboles crecieran y la mala leche los mantenía arriba, etcétera.
Algunos druidas sugirieron que existían ciertos fallos en esta teoría, pero los druidas más ancianos les explicaron con precisión que había un lugar y un momento para la polémica documentada y el debate científico: la pira ceremonial en el siguiente solsticio.

[...]

Pero una figura menuda y solitaria vigilaba también desde el útil escondrijo que le proporcionaba una piedra caída. Una de las leyendas más grandes del Disco observaba con considerable interés los acontecimientos que se desarrollaban en el círculo de piedra.
Vio como los druidas cerraban el corro y entonaban el cántico, vio como el jefe druida alzaba su hoz...
Oyó la voz.
- ¡Disculpad un momento, por favor! ¿Puedo decir una cosa?

Rincewind miró desesperadamente a su alrededor buscando una salida. No la había. Dosflores estaba de pie junto a la piedra que servía de altar, con un dedo alzado y una actitud de educada determinación.
Rincewind recordó el día en que Dosflores había pasado junto a un carretero que apaleaba a los bueyes con demasiada fuerza, y la presentación que el turista hizo de sus teorías acerca de la protección de los animales dejó al mago magullado y sangrante.
Los druidas miraban a Dosflores con la clase de expresión que se suele reservar para una oveja que se ha vuelto loca o una lluvia de ranas. Rincewind no alcanzaba a oír lo que decía, pero unas cuantas frases como "costumbres folklóricas" y "flores y frutos" le llegaron desde el silencioso círculo.
En aquel momento, unos dedos que parecían palitos de queso se cerraron en torno a la garganta del mago, y algo extremadamente afilado y cortante le arañó la nuez, mientras una voz húmeda susurraba junto a su oído:
- Ni una palabda o edez hombde muedto.
Los ojos de Rincewind giraron en sus órbitas como si estuvieran buscando un camino de salida.
- Si no quieres que diga nada, ¿cómo sabrás que he comprendido lo que acabas de decirme? -siseó.
- ¡Calla y dime qué hace el otdo idiota!
- Oye, espera, si tengo que callarme no puedo...
El cuchillo junto a su garganta se convirtió en una raya caliente de dolor, y Rincewind decidió dar un pase pernocta a la lógica.
- Se llama Dosflores. No es de por aquí.
- Ya me padecía a mí. ¿Ez amigo tuyo?
- Tenemos una especie de relación odio-odio, sí.
Rincewind no alcanzaba a ver a su agresor, pero por lo que sentía a su espalda, tenía el cuerpo hecho de percheros. Además, apestaba a caramelos de menta.
- Hay que deconoced que tiene agallaz. Haz exactamente lo que te digo y quizá laz agallaz de tu amigo no acaben eztampadaz en la piedda.
- Urrr.
- Ezta gente no ez muy ecuménica, ¿zabez?
Fue en aquel momento cuando la luna, con la debida obediencia a las leyes de la persuasión, salió; aunque, por deferencia a las leyes informáticas, no fue por un lugar ni siquiera remotamente cercano a las piedras colocadas a tal efecto.
Pero lo que había allí, escudriñando entre los jirones de nubes, era una brillante estrella roja. Pendía exctamente sobre la piedra sagrada del círculo, deslumbrante como una chispa en las órbitas oculares de la Muerte. Era sombría, terrible y, como no pudo evitar advertir Rincewind, un poco más grande que la noche anterior.
Un grito de horror se elevó de entre los sacerdotes reunidos. En la periferia, la multitud se apretujó hacia adelante: aquello parecía prometedor.
Rincewind sintió que le ponían el mango de un cuchillo en la mano, y oyó la voz chirriante a su espalda.
- ¿Haz hecho alguna vez ezta claze de cozaz?
- ¿Qué clase de cosas?
- Atacad un templo, matad a loz zaceddotez, dobad el odo y dezcatad a la chica.
- No, al menos no con esas palabras.
- Puez ze hace azí.
A cinco centímetros de la oreja de Rincewind, la voz se convirtió en el aullido de un mandril que acabara de pisar una trampa en un desfiladero con buena resonancia, y una forma menuda pero fuerte salió corriendo junto a él.
A la luz de las antorchas, vio que se trataba de un hombre muy viejo, de la variedad huesuda que se suele denominar "vital para su edad", con la cabeza completamente pelada, una barba que le llegaba casi hasta las rodillas y unas piernecillas como alambres en las cuales las venas varicosas habían dibujado el mapa de una ciudad bastante grande. A pesar de la nieve, no llevaba más que un taparrabos de cuero y un par de botas en las que habrían cabido sin problemas otros dos pies.
Los dos druidas más cercanos a él intercambiaron miradas y blandieron las hoces. Hubo una mancha borrosa y se derrumbaron, convertidos en bolas de agonía que emitían sonidos castañeteantes.
En el tumulto que siguió, Rincewind consiguió deslizarse hacia la piedra altar, sujetando el cuchillo con dos dedos como para no provocar ningún comentario desaprobador. La verdad es que nadie le prestaba demasiada atención: los druidas que no habían huido del círculo, generalmente los más jóvenes y musculosos, se habían congregado en torno al anciano con intención de discutir el tema del sacrilegio en relación con los círculos de piedra. Pero, a juzgar por las risitas temblorosas y el ruido de golpes, era él quien dirigía el debate.
Dosflores observaba la pelea con interés. Rincewind le agarró por un hombro.
- ¡Vámonos! -gritó.
- ¿No deberíamos ayudar?
- Estoy seguro de que no haríamos más que estorbar -se apresuró a decir Rincewind-. Ya sabes lo molesto que es cuando estás trabajando y la gente no hace más que intentar mirar lo que haces.
- Como mínimo tenemos que rescatar a la joven -replicó Dosflores con firmeza.
- ¡Muy bien, pero deprisa!
Dosflores cogió el cuchillo y corrió hacia la piedra altar. Tras varios intentos de aficionado, consiguió cortar las cuerdas que ataban a la chica, quien se sentó y rompió a llorar.
- No pasa nada... -empezó a decir el turista.
- ¡Claro que pasa, imbécil! -le espetó ella, mirándole con unos ojos ribeteados de rojo-. ¿Por qué la gente siempre tiene que estropearlo todo?
Resentida, se sonó la nariz con el borde de la túnica.
Dosflores, avergonzado, alzó la vista hacia Rincewind.
- Mmm... me parece que no lo comprendes bien -dijo-. Te acabamos de salvar de una muerte segura.
- No ha sido fácil -sollozó ella-. Quiero decir, mantenerte... -Se sonrojó y retorció el dobladillo de su túnica-. O sea, seguir..., no dejar que te..., no perder las... cualificaciones...
- ¿Cualificaciones? -interrogó Dosflores, ganando el Trofeo Rincewind a la persona más lenta de entendederas del universo.
La chica entrecerró los ojos.
- A estas horas podría estar ya con la Diosa Luna, bebiendo aguamiel en una copa de plata -dijo malhumorada-. ¡Ocho años de quedarme en casa las noches de los sábados, todo a la basura!
Alzó la vista hacia Rincewind y lanzó un gruñido despectivo.
En aquel momento, el mago sintió algo. Quizá fue el tenue roce de una pisada tras él, quizá un movimiento reflejado en los ojos de la chica..., el caso es que se agachó.
Algo silbó en el aire atravesando el lugar donde había estado su cuello y rozó el cráneo calvo de Dosflores. Rincewind se volvió en redondo y vio como el archidruida preparaba de nuevo su hoz para descargar otro tajo. Ante la ausencia de cualquier posibilidad de huida, lanzó una patada desesperada.
Alcanzó de lleno al druida en la rodilla. El hombre gritó y dejó caer el arma. En aquel momento se oyó un desagradable ruidillo carnoso, y se derrumbó hacia adelante. Tras él, el hombrecillo de la larga barba arrancó su espada del cadáver, la limpió con un puñado de nieve y dijo:
- El lumbago me eztá matando. Puedez llevad el teozodo.
- ¿Tesoro? -inquirió débilmente Rincewind.
- Laz gadgantillaz y ezaz cozaz. Todoz loz colladez de odo. Tienen ontonez de elloz. Azí zon loz zaceddotez... -dijo el viejo desdentado-. ¿Quién ez la chica?
- No quiere que la rescatemos -explicó Rincewind.
La chica miró desafiante al anciano bajo unos párpados recargados de maquillaje.
- A tomad pod culo -dijo el viejo.
Con un solo movimiento se la echó al hombro..., se tambaleó, lanzó un grito de dolor tras la protesta de su artritis, y cayó.
Tras un momento en posición supina, dijo:
- No te quedez ahí padada, maldita zodda..., ayúdame a levantadme.
Para asombro de Rincewind, y probablemente también para el suyo propio, la chica obedeció.
Enretanto, el mago intentaba levantar a Dosflores. El turista tenía en la sien un rasguño que no parecía muy profundo, pero estaba inconsciente, con el rostro congelado en una sonrisa ligeramente preocupada. Su respiración era superficial y... extraña.
Y parecía muy ligero. No sólo poco pesado, sino casi sin peso. Era como si el mago estuviera sosteniendo una sombra.
Rincewind recordó haber oido que los druidas usaban venenos raros y terribles. Por supuesto también había oído, generalmente de labios de las mismas personas, que los criminales tenían los ojos muy juntos, que los rayos jamás caían dos veces sobre el mismo sitio y que si los dioses hubieran querido que el hombre volase le habrían proporcionado billetes de avión. Pero la ligereza de Dosflores asustó a Rincewind. Le asustó muchísimo.
Miró a la chica. Se había echado al viejo a un hombro, y dirigió una sonrisita apologética al mago. Desde algún lugar cercano a la base de su espalda, una voz cascada dijo:
- ¿Lo tienez todo ya? Puez vámonoz antez de que vuelvan.
Rincewind cogió a Dosflores bajo un brazo y trotó tras ellos.
No parecía tener otra opción.

El viejo tenía un caballo atado a un arbolillo retorcido, en un desfiladero lleno de nieve a cierta distancia de los círculos. Era un animal esbelto y lustroso, y la impresión general de que era un soberbio corcel de batalla quedaba enturbiada sólo en parte por el anillo hemorroide atado a la silla.
- Muy bien, ya puedez bajadme. Hay una botella de linimento en la alfodja, zi no te impodta...
Rincewind dejó caer a Dosflores apoyándolo contra el árbol con toda la suavidad posible y, a la luz de la luna -sumada al resplandor rojizo de la amenazadora estrella nueva, según advirtió-, tuvo oportunidad de examinar bien por primera vez a su salvador.
Sólo tenía un ojo, el otro estaba cubierto por un parche negro. Su flaco cuerpecillo era un entramado de cicatrices y, en aquel momento, la tendinitis lo tenía hecho polvo. Obviamente, sus dientes habían dimitido hacía tiempo.
- ¿Cómo te llamas? -preguntó.
- Bethan -respondió la chica, frotando un puñado de maloliente ungüento verdoso sobre la espalda del anciano.
Por su aspecto, el linimento no era parte de la historia cuando eres una virgen recién rescatada del sacrficicio por un héroe con un corcel blanco..., pero también parecía pensar que, si el linimento entraba en juego, lo mejor era usarlo bien.
- Le preguntaba a él -dijo Rincewind.
Un ojo brillante como una estrella se clavó en él.
- Mi nombde ez Cohen, chico.
Las manos de Bethan se detuvieron en el acto.
- ¿Cohen? -preguntó-. ¿Cohen el Bárbaro?
- El mizmo.
- Espera, espera -interrumpió Rincewind-. Cohen es un tipo corpulento, con un cuello de toro, los músculos de su pecho son como sacos de balones de fútbol. Es el mejor guerrero del Disco, una leyenda viviente. Mi abuelo me contó que le había visto..., mi abuelo me contó..., mi abuelo...
Se detuvo ante la mirada penetrante del viejo.
- Oh -dijo-. Oh. Claro. Perdón.
- Zí -suspiró Cohen-. Ez ciedto, chico. Máz que una leyenda, zoy hiztodia.
- Cielos -se asombró Rincewind-. ¿Cuántos años tienes, exactamente?
- Ochenta y ziete.
- ¡Pero si eras el más grande! -exclamó Bethan-. ¡Los bardos todavía cantan canciones sobre ti!
Cohen se encogió de hombros y lanzó un gemido de dolor.
- Y nunca me pagaron doyaltiez -dijo. Contempló la nieve con tristeza-. Éza ez la zaga de mi vida. Ochenta añoz en el negocio, ¿y qué he zacado en limpio? Lumbago, almoddanaz, úlcera de eztómago y cien decetaz difedentez pada haced zopa. ¡Zopa! ¡Odio la zopa!

sábado, 23 de junio de 2007

Tiempos Interesantes - Terry Pratchett

Aquí es donde los dioses juegan partidas con las vidas de los hombres, en un tablero que es al mismo tiempo una simple zona de juego y el mundo entero.
Y Sino siempre gana.
Sino siempre gana. La mayoría de los dioses lanzan los dados pero Sino juega al ajedrez, y uno no descubre hasta que es demasiado tarde que durante todo el tiempo ha usado dos reinas.
Sino gana. Por lo menos eso es lo que se dice. Suceda lo que suceda, después dicen que debe de haber sido el Sino.*
Los dioses pueden adoptar cualquier forma, pero el único elemento de sí mismos que no pueden cambiar son sus ojos, y estos revelan su naturaleza. Los ojos de Sino apenas pueden llamarse ojos: no son más que agujeros oscuros a un infinito salpicado de algo que tal vez sean estrellas, o, en un segundo vistazo, podrían ser otras cosas.
Ahora parpadeó con aquellos ojos, sonrió a sus compañeros de partida con esa petulancia con que los ganadores sonríen justo antes de convertirse en ganadores y dijo:
- Yo acuso al Sumo Sacerdote de la Túnica Verde, en la biblioteca y con el hacha de dos manos.
Y ganó.
Dedicó una amplia sonrisa a los demás.
- Giempge ganan loj mijmoj -refunfuñó Offler el Dios Cocodrilo a través de sus colmillos.
- Parece que hoy me estoy siendo propicio -dijo Sino-. ¿A alguien le apetece jugar a otra cosa?
Los dioses se encogieron de hombros.
- ¿A los Reyes Locos? -preguntó Sino en tono amable-. ¿A Amantes Desventurados?
- Creo que hemos perdido las reglas de ese -dijo Ío el Ciego, jefe de los dioses.
- ¿O a Marineros Arrojados al Mar por Tempestades?
- Siempre ganas en ese -dijo Ío.
- ¿A Inundaciones y Sequías? -propuso Sino-. Ese es fácil.
Una sombra se cernió sobre la mesa de juego. Los dioses levantaron la vista.
- Ah -dijo Sino.
- Que empiece una partida -dijo la Dama.
Siempre era tema de discusión si la recién llegada era o no una diosa de verdad. Estaba claro que nadie había llegado a ninguna parte adorándola, y ella tenía tendencia a aparecer solamente donde menos se la esperaba, como por ejemplo ahora. Y la gente que confiaba en ella raras veces sobrevivía. Cualquier templo levantado en su honor era firme candidato a ser destruído por un rayo. Era mejor hacer malabarismos con hachas sobre la cuerda floja que pronunciaba su nombre. Llámala simplemente la camarera de la taberna de la Última Oportunidad.
Normalmente se la conocía como la Dama, y tenía los ojos verdes; no verdes como los ojos de los humanos, sino puro verde esmeralda de punta a cabo. Se decía que era su color favorito.
- Ah -volvió a decir Sino-. ¿Y a qué juego será?
Ella se sentó delante de él. Los dioses que presenciaban la escena se miraron de reojo. Aquello se ponía interesante. Estos dos eran antiguos enemigos.
- ¿Qué opinas de...? -ella hizo una pausa-, ¿... Poderosos Imperios?
- Oh, eje ej un ajco -dijo Offler, rompiendo el repentino silencio-. Al final je muegue todo el mundo.
- Sí -dijo Sino-. Creo que sí se mueren. -Señaló con la barbilla a la Dama, y más o menos con la misma voz con que los jugadores profesionales dicen "¿Ases ganan?", preguntó-: ¿Con Caída de Grandes Dinastías? ¿Con Destinos de Naciones Pendiendo de un Hilo?
- Por supuesto -dijo ella.
- Oh, bien. -Sino pasó la mano por encima del tablero. Apareció el Mundodisco-. ¿Y dónde jugamos?
- En el Continente Contrapeso -dijo la Dama-. Donde cinco familias nobles llevan siglos luchando entre ellas.
- ¿De verdad? ¿Y qué familias son? -preguntó Ío. Se metía poco en los asuntos de humanos individuales. Solía ocuparse más bien de los truenos y relámpagos, así que, desde su punto de vista, el único propósito de la humanidad era mojarse o, de forma ocasional, achicharrarse.
- Los Hong, los Sung, los Tang, los McSweeney y los Fang.
- ¿Esos? No sabía que fueran nobles -dijo Ío.
- Son todos muy ricos y han matado, o torturado hasta la muerte a millones de personas por una mera cuestión de conveniencia y orgullo -dijo la Dama.
Los dioses presentes asintieron con solemnidad. Aquel era ciertamente un comportamiento noble. Era exactamente lo que habrían hecho ellos.
- ¿Los McFweeney? -preguntó Offler.
- Una familia con mucha solera -dijo Sino.
- Oh.
- Y se pelean entre ellos por el Imperio -dijo Sino-. Muy bien. ¿Y con cuáles quieres jugar?
La Dama miró el fragmento de historia que tenían desplegado delante.
- Los Hong son los más poderosos. Mientras estábamos aquí hablando han tomado más ciudades -dijo ella-. Veo que están destinados a ganar.
- De modo que, sin duda, escogerás a una familia más débil.
Sino hizo otro gesto con la mano. Las piezas del juego aparecieron y emprezaron a moverse por el tablero como si tuvieran vida propia, lo cual desde luego era cierto.
- Pero jugaremos sin dados -dijo él-. No me fío de ti con los dados. Los tiras a sitios donde no puedo verlos. Jugaremos con acero, tácticas, política y guerras.
La Dama asintió.
Sino miró a su oponente.
- ¿Y tu jugada? -preguntó.
Ella sonrió.
- Ya la he hecho -contestó.
Él bajó la vista.
- Pero no veo tus piezas en el tablero.
- Todavía no están en el tablero -dijo ella.
La Dama abrió la mano.
Tenía algo negro y amarillo en la palma. Sopló encima y aquello desplegó las alas.
Era una mariposa.
Sino siempre gana...
Por lo menos cuando la gente se ciñe a las normas.

miércoles, 25 de abril de 2007

Soul Music - Terry Pratchett

Están las personas del día y las criaturas de la noche.
Y es importante recordar que las criaturas de la noche no son simplemente las personas del día yéndose a acostar muy tarde porque piensan que así están a la moda y son más interesantes. Cruzar la frontera requiere mucho más que un montón de maquillaje y una complexión enclenque.
La cuestión hereditaria puede ayudar también, naturalmente.
El cuervo se había criado en la Torre del Arte, aquella mole en sempiterno desmoronamiento y tapizada de yedra junto a la Universidad Invisible, allá en la lejana Ankh-Morpork. Los cuervos son unos pájaros inteligentes por naturaleza, y las filtraciones mágicas, que siempre tienen cierta tendencia a exagerar las cosas, habían hecho el resto.
No tenía un nombre. Normalmente los animales no se molestan en recurrir a los nombres. El mago que creía ser su dueño lo llamaba Dijo, pero eso se debía únicamente a que no tenía absolutamente ningún sentido del humor y, como les ocurre a la mayoría de personas sin sentido del humor, se enorgullecía de ese sentido del humor del que en realidad carecía.
El cuervo voló de regeso a la casa del mago, se coló por la ventana abierta y se posó, como siempre, encima de la calavera.
- Pobre cría -se compadeció.
- El destino es así -dijo la calavera.
- No la culpo por tratar de ser normal. Dadas las circunstancias.
- Sí -dijo la calavera-. Personalmente, yo creo que nunca hay que perder la cabeza.

sábado, 26 de agosto de 2006

Todos los Weyrs de Pern - Anne McCaffrey



La tarde siguiente, Robinton no estaba seguro de que todas las dimensiones del entierro de Sallah Telgar pudieran ser registradas adecuadamente. Fue un día largo, y por una vez admitió que estaba muy, muy cansado.
Larad y su esposa habían organizado una espléndida ceremonia, con maestros instrumentistas, bajo la direción del propio Domick, y cantores llegados de todo el continente para interpretar la Balada de Sallah Telgar. Se habilitaron los grandes recintos donde se celebraban las Reuniones de Telgar para acoger a aquellos que empezaron a llegar el día anterior. La mayoría llevaba consigo su comida, pero Telgar fue generoso con todos, y las personas de rango fueron alojadas en las zonas del gran Fuerte que no habían sido ocupadas desde la última plaga. Robinton tenía la impresión de que todos los habitantes del Fuerte se habían puesto a limpiar. Lady Jissamy no era descuidada en sus deberes, pues incluso el rincón más lejano de sus dominios era inspeccionado una vez cada Revolución, pero el lugar destellaba y brillaba como nunca.
El entierro fue fijado para media tarde. Todos los dragones llegaron cargados de pasajeros. el propio Toric se trasladó a lomos de Heth, el dragón de K'van; su esposa Ramala, que aparecía poco en público, lo acompañaba. De inmediato, Toric empezó a solicitar a los otros Señores de Fuerte guardias que le ayudaran contra los rebeldes. Por la expresión de su cara, Robinton supuso que estaba teniendo poco éxito. Cuando el Arpista tuvo la oportunidad de comparar notas con Sebell, vio que los Señores de Fuerte, sin excepción, consideraban que era un momento inadecuado para reclutar una fuerza punitiva, lo que significaba que Toric airearía ese problema en la Conferencia. Otro asunto que se debatiría acaloradamente. Robinton no sabía si asistir o no. En realidad, no estaba obligado a hacerlo, pero lo habían invitado y, aunque confiaba en que Sebell haría un informe preciso, prefería estar presente siempre que era posible.
Sin embargo, todas las pequeñas desavenencias y las controversias importantes se convirtieron en insignificancias cuando comenzaron las ceremonias del sepelio. La Balada fue maravillosamente interpretada. Después, guiados por Ruth y Jaxom, todos los Weyrs se cernieron sobre Telgar. Robinton sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, no sólo por el honor de que era objeto Sallah Telgar, sino en recuerdo de la ocasión anterior, de la que hacía casi veinte Revoluciones, cuando los cinco Weyrs Perdidos reaparecieron en los cielos de Telgar para enfrentarse a la Caída de las Hebras junto con las valientes alas de Benden. Ahora, Ramoth y Solth, el veterano dragón reina de Telgar, llevaban entre ambas la hamaca que contenía el féretro de Sallah. El sol destellaba en la placa de oro, en los ribetes y las asas, dando la impresión de que el propio Rukbat honraba a la valiente mujer y lograndoque la muchedumbre se quedara boquiabierta de asombro. Alineados tras las dos reinas, iban los Weyrs en cerrada formación y siete divisiones, ala cn ala, lo que en sí mismo era una hazaña.
Descendieron, imitando a las dos reinas, y se detuvieron en el aire mientras Ramoth y Solth dejaban delicadamente su carga sobre las andas funerarias. La hamaca cayó con elegancia a los lados. Una escolta de honor formada por Señores de Fuerte avanzó para llevar el féretro a su lugar de descanso definitivo.
Los cabalgadores de dragón giraron, manteniendo la formación de sus Weyrs, y se situaron en las cumbres de Telgar o bordearon a los reunidos. Entonces Larad avanzó, seguido de sus hijos, puesto que Sfia había confirmado que eran descendientes directos de Sallah Telgar y Tarvi Andiyar.
- Que éste sea un día de regocijo, porque esta valiente dama ha regresado al mundo por el que dio la vida. Que descanse ahora con otros de su sangre en el Fuerte que lleva su nombre.
Tras estas sencillas palabras, Larad se apartó, y el féretro fue alzado a hombros y llevado a la tumba con pasos medidos. Cuando fue colocado en el interior, todos los dragones alzaron la cabeza a la vez. Se produjo un sonido aterrador, pero para Robinton, con el rostro bañado en lágrimas, las notas tuvieron un extraño tono de triunfo. Como en respuesta, se oyó un repentino batir de alas y, al parecer, todos los lagartos de fuego del Norte y el Sur, tanto salvajes como domesticados, descendieron, formando un denso y amplio velo justo sobre las cabezas de la escolta, y cubrieron la tumba todavía abierta, añadiendo sus agudas voces como contrapunto de los tonos más graves de los dragones. Después se elevaron y, al llegar al filo del precipicio de Telgar, desaparecieron de repente.
Robinton se había preguntado dónde estaba Zair, y entonces se dio cuenta de que ninguno de los que se hallaban a su alrededor y solían llevr un lagarto de fuego en los hombros lo tenían desde que los dragones surgieron en el cielo.
La escolta, un poco aturdida por aquel aodrno añadido al solemne acontecimiento, retrocedió, y los albañiles de Telgar, con sus mejores ropas protegidas por delantales nuevos, avanzaron para sellar la abertura.
En respetuoso silencio (pues incluso los más jóvenes estaban asombrados por las exhibiciones de los dragones y los lagartos), los congregados esperaron a que la tumba quedara cerrada por completo y los albañiles se retiraran. Larad y Jissamy avanzaron juntos hacia la tumba e hicieron una profunda reverencia, igual que la escolta. El gesto fue repetido por todos los presentes.
Después Larad, su esposa, y la escolta se dirigieron al amplio patio del Fuerte de Telgar. Los músicos de Domic empezaron a tocar una pieza solemne y majestuosa para indicar el final de la ceremonia. Y siguieron a la multitud que se dispersaba para disfrutar de la hospitalidad del Fuerte.

jueves, 17 de agosto de 2006

Lores y Damas - Terry Pratchett

[...]
No se trataba de que Ridcully fuera estúpido. Los magos estúpidos de verdad tienen la esperanza de vida de un martillo de cristal. Ridcully tenía un intelecto poderoso, pero su clase de potencia era la misma que la de una locomotora y además su intelecto corría sobre raíles, por lo que resultaba casi imposible desviarlo de su rumbo.
Y por supuesto que existen los universos paralelos, aunque en este caso "paralelo" difícilmente sea la palabra apropiada: los universos revolotean unos alrededor de otros, describiendo círculos y espirales como si fueran una máquina de coser enloquecida o un escuadrón de yossarianos con un problema en el oído medio.
Y se ramifican. Pero, y esto es importante, no todo el tiempo. Al universo le importa un pimiento que pises una mariposa. Hay montones de mariposas más. Los dioses quizá noten la caída de un gorrión, pero no hacen ningún esfuerzo por cogerlo antes de que se estrelle contra el suelo.
¿Pegarle un tiro al dictador y evitar la guerra? Pero el dictador no es más que la punta de toda esa llaga infectada llena de pus social de la cual emergen los dictadores, y si le pegas un tiro a uno enseguida tendrás otro. ¿Pegarle un tiro también? ¿Y porqué no pegarle un tiro a todo el mundo e invadir Polonia? Dentro de cincuenta, treinta, diez años el mundo ya casi habrá regresado a su antiguo curso. La historia siempre carga con un gran peso de inercia.
Casi siempre...
En el tiempo del círculo, cuando los muros que separan esto de aquello se van volviendo cada vez más delgados, cuando tienen lugar toda clase de extrañas filtraciones... Ah, entonces se escoge entre una y otra opción, entonces el universo puede ser impulsado hacia otra pernera de los sobradamente conocidos Pantalones del Tiempo.
Pero existen lagunas de aguas estancadas, universos que han quedado aislados del pasado y del futuro. Esos universos tienen que robar pasados y futuros de otros universos, porque su única esperanza es cebarse en los universos dinámicos mientras estos atraviesan por el período frágil, de la misma manera en que el pez rémora se agarra a un tiburón que pasaba por ahí. Esos son los universos parásitos y, cuando los círculos de la cosecha cubren el suelo como gotas de lluvia, entonces tienen su oportunidad...

[...]

Lores y Damas - Terry Pratchett

[...]

¿Qué es la magia?
Está la explicación de los magos, la cual adopta dos formas, dependiendo de los años que tenga el mago. Los magos de mayor edad hablan de velas, círculos, planetas, estrellas, plátanos, cánticos, runas y la importancia de comer en abundancia un mínimo de cuatro veces al día. Los magos más jóvenes, en particular los que están muy pálidos y pasan la mayor parte del tiempo en el edificio de Magia de Altas Energías (18) te sueltan interminables discursos sobre las fluctuaciones en la naturaleza mórfica del universo, la cualidad esencialmente transitoria de incluso el marco espacio-temporal más rígido, la implausibilidad de la realidad, y etcétera, etcétera. Lo que quieren decir con eso es que han dado con algo muy interesante y se van inventando la física a medida que progresan...

[...]

¿Qué es la magia?
Luego está la explicación de las brujas, la cual adopta dos formas, dependiendo de los años que tenga la bruja. Las brujas de mayor edad apenas hablan de ello, pero en el fondo de sus corazones quizá sospechen que en realidad el universo no tiene idea de qué demonios está pasando y consiste en un cachillón de trillones de billones de posibilidades, y podría llegar a ser cualquiera de ellas si una mente adiestrada y endurecida por la certeza cuántica fuera introducida en la grieta y se la hiciera girar; es decir, que si realmente tenías que hacer estallar el sombrero de alguien, lo único que debías hacer era meterte en ese universo donde un gran número de moléculas de sombrero deciden salir disparadas al mismo tiempo en distintas direcciones.
Las brujas más jóvenes, por otra parte, siempre están hablando de ello y creen que tiene que ver con los cristales, las fuerzas místicas y el bailar bajo las estrellas con el trasero al aire.
Puede que todas tengan razón al mismo tiempo. Eso es lo realmente curioso que tienen los cuantos.



18. Donde se había demostrado con éxito que el taumo, que hasta aquel momento se consideraba la partícula de magia más pequeña posible, estaba compuesta de resones (19) o fragmentos de realidad. Las últimas investigaciones indican que cada resón está formado por una combinación de al menos cinco "sabores", conocidos como "arriba", "abajo", "de lado", "atractivo sexual" y "menta".

19. Literalmente "cosillas".

martes, 23 de mayo de 2006

Las piedras élficas de Shannara - Terry Brooks

Lejos, al oeste de Arbolon, más allá de la Línea Quebrada, se produjo una agitación en el aire. Apareció algo más negro que la oscuridad del temprano amanecer, retorciéndose en espirales y vibrando con la fuerza de un viento que parecía azotarlo. Durante un momento, el velo de negrura se mantuvo estable. Después se abrió, desgarrado por la fuerza de su interior. Detrás de la engrura impenetrable surgieron aullidos y chillidos, mientras docenas de miembros acabados en garras rasgaban y rompian la súbita brecha, estirándose hacia la luz. Después un fuego rojo estalló alrededor y las manos cayeron, deformadas y quemadas.
El Dagda Mor apareció produciendo un silbido de furia. Su Báculo de Poder desprendía vapor ardiente mientras apartaba con él a los impacientes y atravesaba con decisión la abertura. Un instante después, las figuras oscuras de la Parca y el Suplantador le siguieron. Otros cuerpos empujaban para salir, desesperados, pero los bordes de la raja se juntaron de inmediato, encerrando la negrura y a los que vivían en su interior. En pocos momentos la abertura desapareció del todo y el extraño trío quedó solo.
El Dagda Mor miró a su alrededor con cautela. Se encontraban en la sombra de la Línea Quebrada. El amanecer, que ya había roto la paz de los escogidos, era una débil luz en el cielo oriental por detrás de la monstruosa pared de montañas. Los altísimos picos cortaban el cielo como oscuros pilares, a lo lejos, en la desolación de las Planicies de Hoare. Las planicies se extendían hacia el oeste, desde la línea de montañas, como una tierra seca y estéril en donde la duración de la vida se medía en minutos y horas. Nada se movía sobre su superficie. Ningún sonido alteraba la quietud del aire de la mañana.
El Dagda Mor sonrió; los dientes ganchudos resplandecieron. Su llegada no había sido advertida. Después de tantos años, estaba libre. Una vez más estaba suelto entre los que le habían encerrado.
De lejos podría haber pasado por uno de ellos. Su aspecto era básicamente el de un humano. Caminaba erguido sobre dos piernas, y los brazos sólo eran un poco más largos que los de un hombre. Avanzaba, encorvado, con un peculiar movimiento por impulsos, pero las oscuras ropas que lo envolvían dificultaban la determinación de la causa. Sólo de cerca podía distinguirse la enorme joroba que deformaba su columna por encima de sus hombros. Y los grandes mechones de pelo verdoso que sobresalían de todas las partes de su cuerpo como parches de hierba. O las escamas que cubrían sus antebrazos o la parte inferior de las piernas. O las manos y pies terminados en garras. O el aspecto vagamente gatuno de su cara. O los ojos, negros y brillantes, con una engañosa placidez en su superficie, como dos estanques de agua idénticos que escondiesen algo maligno y destructivo.
Una vez visto esto, no restaba ya ninguna duda sobre la identidad del Dagda Mor. Lo que delataban estos rasgos no era un humano, sino un demonio.
Y el demonio odiaba. Odiaba con una intensidad que rayaba en la locura. Cientos de años de encierro en la cárcel oscura enterrada bajo el muro de la Prohibición dieron a su odio tiempo más que suficiente para alimentarse y crecer. Ahora le consumía. Era todo para él. Le daba poder y él usaría ese poder para aplastar a las criaturas que le habían causado tanto sufrimiento. ¡Los elfos! Todos los elfos. Y ahora ni siquiera eso lo dejaría satisfecho; ahora no, después de tantos siglos apartado de este mundo que en otra época había sido suyo; confinado en ese limbo informe e inanimado de oscuridad interminable, de lenta y dolorosa inactividad. No, la destrucción de los elfos no sería suficiente para reparar la humillación que había sufrido. También los otros deberían ser destruídos. Hombres, enanos, trolls, gnomos, todos aquellos que formaban parte de la humanidad que tanto detestaba; las razas de la humanidad que vivían en su mundo y se habían apoderado de él.
La venganza llegaría, pensó. De la misma forma que había llegado su liberación. Podía sentirlo. Había esperado siglos, retenido por el muro de la Prohibición, probando su resistencia, tratando de encontrar una debilidad, sabiendo que algún día empezaría a fallar. Y ahora ese día había llegado. Ellcrys se estaba muriendo. ¡Ah, qué dulces palabras! ¡Deseaba decirlas en voz alta! ¡Se estaba muriendo! ¡Se estaba muriendo y ya no podría seguir manteniendo la Prohibición!
El Báculo de Poder refulgía incandescente en su mano al tiempo que el odio lo colmaba. La tierra bajo la punta del bastón quedó carbonizada. Con un esfuerzo se serenó y el báculo se enfrió de nuevo.
Durante un tiempo, desde luego, la Prohibición se había mantenido firme. El desmoronamiento no se produciría de un día para otro, ni probablemente en varias semanas. Incluso la pequeña brecha que había logrado abrir requirió un poder enorme. Pero el Dagda Mor poseía un poder enorme, más poder que cualquiera de los que estaban aún atrapados bajo la Prohibición. Él era el jefe de todos; su palabra los gobernaba. Algunos lo habían desafiado durante los largos años de destierro; sólo algunos. Los había aniquilado. Había dado con ellos un triste ejemplo. Ahora todos le obedecían. Le temían. Pero compartían su odio por lo que les habían hecho a ellos. Y también alimentaban ese odio, que los había conducido a una necesidad furiosa de venganza, y cuando al fin fuesen liberados, esa necesidad tardaría mucho, mucho tiempo en ser compensada.
Pero, por ahora, debían esperar. Por ahora, debían tener paciencia. No tardaría mucho. La Prohibición se debilitaría un poco más cada día, desmoronándose a medida que Ellcrys fuese muriendo. Sólo una cosa podría evitarlo: un renacimiento.
El Dagda Mor asintió para sí. Conocía bien la historia de Ellcrys. ¿No había estado prseente la primera vez que ésta vio la vida, cuando expulsó a sus hermanos y a él mismo del mundo de luz a la prisión de oscuridad? ¿No había presenciado cómo su brujería los había vencido, una bruería tan potente que incluso podía superar a la muerte? Y sabía que la libertad aún podía serle arrebatada. Si uno de los escogidos lograba llevar una semilla del árbol a la fuente de su poder, Ellcrys podría renacer y la Prohibición sería invocada de nuevo. Sabía eso, y por ello estaba aquí ahora. No contaba con ninguna seguridad de poder romper el muro de la Prohibición. Fue una apuesta peligrosa emplear tanto poder en el intento, porque, de haber fracasado, se habría quedado tremendamente débil. Tras el muro existían otros casi tan poderosos como él. Habrían aprovechadola oportunidad para destruirlo. Pero la apuesta era necesaria. Los elfos todavía no se daban cuenta del alcance del peligro. De momento, se sentían seguros. No creían que nada dentro de los confines de la Prohibición poseyera un poder suficiente para atravesarla. El error lo descubrirían tarde. Para entonces, ya se habría asegurado de que Ellcrys no volvería a renacer y de que la Prohibición no sería restaurada.
Ésa era la causa por la que había hecho que los otros dos lo acompañasen.
Ahora les dirigió una mirada. Encontró al Suplantador a su lado, soportando en su cuerpo una transición contínua de colores y formas mientras experimentaba copiando a los seres vivos que había encontrado allí: en el cielo, un halcón al acecho y un pequeño cuervo; en la tierra, una marmota, una serpiente, un insecto de múltiples patas y un par de pinzas, siempre algo nuevo, y en una sucesión tan rápida que a los ojos les costaba seguirlo. Porque el Suplantador poía ser cualquier cosa. Encerrado en la oscuridad con sólo sus hermanos como modelos, sus poderes habían quedado mermados, prácticamente destruídos. Pero aquí, en este mundo, las posibilidades eran interminables. Todo, ya fuese humano o animal, pez o ave, no importaba el tamaño, la forma, el color o su capacidad, podía ser suplantado por él. Ni siquiera el Dagda Mor estaba seguro del verdadero aspecto del Suplantador; la criatura estaba tan orgullosa de adoptar otras formas de vida que pasaba casi todo el tiempo siendo algo o alguien distinto de quien era en realidad.
Un don extraordinario, pero lo poseía una criatura cuya capacidad para el mal casi se igualaba con la del Dagda Mor. El Suplantador también era de naturaleza demoníaca. Era egoísta y malévolo. Disfrutaba con el engaño, disfrutaba hiriendo a los demás. Siempre fue enemigo del pueblo elfo y sus aliados, los despreciaba por su devota preocupación por el bienestar de las formas de vida inferiores que habitaban en el mundo. Las criaturas inferiores no significaban nada para el Suplantador. Eran débiles, vulnerables, merecían ser utilizadas por seres superiores, seres como él. Los elfos no eran mejores que las criaturas a las que protegían. Tampoco eran capaces de engañar. Estaban atrapados en lo que eran; no podían ser nada más. Él podía ser lo que deseara. Despreciaba a todos. No tenía amigos. No los quería. Ninguno excepto el Dagda Mor, ya que el Dagda Mor poseía lo único que respetaba: un poder mayor que el suyo. Por eso, y sólo por eso, el Suplantador le servía.
El Dagda Mor tardó un poco más en localizar a la Parca. Finalmente la encontró a no más de diez metros, inmóvil, poco más que una sombra en la pálida luz del alba, como un fragmento más de la noche que se desvanecía confundiéndose con el gris de las planicies. Envuelta de la cabeza a los pies con sus ropas cenicientas, la Parca era casi invisible, con el rostro oculto por la sombra de una amplia capucha. Nadie había mirado su rostro más de una vez. La Parca sólo permitía eso a sus víctimas, y sus víctimas estaban todas muertas.
Si se consideraba peligroso al Suplantador, la Parca lo era diez veces más. La Parca era una asesina. Matar era la única función de su existencia. Era una criatura enorme, con fuertes músculos y de más de dos metros cuando se erguía en toda su estatura. Sin embargo, su tamaño era engañoso, proque no era pesada en absoluto. Se movía con la agilidad y la gracia del mejor cazador elfo. Cuando iniciaba una caza, nunca la abandonaba. Nada que persiguiese escapaba jamás de ella. Incluso el Dagda Mor se mostraba precavido, aunque la Parca no poseía su poder.
La razón era que la Parca le servía por voluntad propia, no porque le temiese o respetase como los otros. Era un monstruo que no daba importancia a la vida, ni siquiera a la suya. No mataba por placer, aunque en verdad lo sientiera. Mataba porque era institntivo en ella. Mataba porque le era necesario. A veces, en la oscuridad de la Prohibición, apartada de todas las formas de vida excepto de las de sus hermanos, había sido casi incontrolable. El Dagda Mor se vió obligado a ofrecerle demonios menores para que los matase, sometiéndola a su control con una promesa. Cuando estuviesen libres de la Prohibición, y un día lo estarían realmente, la Parca podría disponer de todas las criaturas del mundo que capturara. Podría perseguirlas todo el tiempo que quisiese. Al final, podría matarlas a todas.
El Suplantador y la Parca. El Dagda Mor había escogido bien. Uno sería sus ojos, otro sus manos; ojos y manos que se introducirían en el corazón del pueblo elfo y acabarían para siempre con la posibilidad de que Ellcrys pudiera renacer.
Dirigió una aguda mirada hacia el este, donde el borde del sol matutino se elevaba con rapidez por la cresta de la Línea Quebrada. Era el momento de partir. Por la noche tendrían que estar en Arbolon. También esto lo había planeado con cuidado. El tiempo era muy valioso; no podían perderlo si pretendían coger a los elfos desprevenidos. Ellos no deberían enterarse de su presencia hasta que fuese demasiado tarde para actuar de cualquier forma.
Haciendo una seña rápida a sus compañeros, el Dagda Mor dio la vuelta y se encaminó con paso desgarbado hacia el resguardo de la Línea Quebrada. Cerró los ojos con expresión de placer al saborear en su mente el éxito que esa noche le aportaría. Después de esa noche, los elfos estarían dominados. Después de esa noche, no tendrían más remedio que contemplar cómo su amada Ellcrys sucumbía sin la menor esperanza de un renacimiento.

domingo, 21 de mayo de 2006

-F-A-U-S-T-O- ERIC - Terry Pratchett

Era una tarde calurosa de finales de verano en Ankh-Morpork, normalmente la ciudad más próspera, bulliciosa y sobre todo más poblada del Disco. Ahora las saetas del sol habían conseguido lo que nunca antes consiguieron incontables invasores, diversas guerras civiles ni la ley del toque de queda. Habían pacificado el lugar.
Había perros tirados y jadeando a la sombra abrasadora. El río Ankh, que nunca se habría podido decir que resplandeciera, rezumaba entre sus orillas como si el calor le hubiera absorbido todo el espíritu. Las calles estaban vacías y calientes como los ladrillos de un horno.
Ningún enemigo había conquistado nunca Ankh-Morpork. Bueno, técnicamente sí, bastante a menudo. La ciudad daba la bienvenida a los invasores bárbaros despilfarradores, pero por alguna razón los perplejos conquistadores siempre acababan descubriendo, pasados unos días, que ya no eran propietarios de sus caballos,y al cabo de un par de meses que ya no eran más que otro grupo minoritario con sus graffiti y sus tiendas de comida propias.
Pero el calor había asediado la ciudad y había rebasado sus muros. Yacía extendido como una mortaja sobre las calles reverberantes. Bajo el soplete del sol los asesinos estaban demasiado cansados para matar. Los ladrones se volvían honestos. En el refugio cubierto de hiedras de la Universidad Invisible, la principal escuela de magia, los internos dormitaban tapándose la cara con sus sombreros puntiagudos. Hasta los moscardones azules estaban demasiado agotados para chocar con los cristales de las ventanas. La ciudad hacía la siesta, esperando la puesta de sol y el respiro breve, caluroso y aterciopelado de la noche.
Solamente el Bibliotecario se mantenía fresco. Además estaba colgado y balanceándose.
Esto se debía a que había instalado unas cuantas sogas y anillas en uno de los subsótanos de la biblioteca de la Universidad Invisible, aquel en que se guardaban los libros, ejem, eróticos.* En cubas de hielo picado. Y él estaba suspendido lánguidamente en medio del vapor helado que se elevaba de ellas.
Todos los libros de magia tienen vida propia. Para algunos de los que tienen más energía no basta con encadenarlos a las estanterías. Hay que asegurarlos con clavos o guardarlos entre láminas de acero. O en el caso de los volúmenes sobre magia sexual tántrica para expertos exigentes, guardarlos dentro de agua muy fría para evitar que se inflamen espontáneamente y calcinen sus cubiertas absolutamente vulgares.
El Bibliotecario se mecía suavemente de adelante hacia atrás sobre las cubas burbujeantes y dormitaba apaciblemente.
Fue entonces cuando surgieron los pasos de la nada, cruzaron a toda velocidad la sala haciendo un ruido que raspaba directamente sobre el alma y desaparecieron a través de la pared. Se oyó un grito débil y lejano que parecía decir: <<¡Ohdiosesohdiosesohdioses, ya ESTÁ, voy a MORIR!>>.
El Bibliotecario se despertó, se soltó accidentalmente y cayó en picado sobre las escasas pulgadas de agua tibia que eran todo lo que separaba El goce del sexo tántrico con ilustraciones para estudiantes avanzados, firmado por Una Dama, de la combustión espontánea.
Y lo habría tenido mal de ser humano. Por suerte, en su estado presente el Bibliotecario era un orangután. Con tanta magia en estado puro campando a sus anchas por la biblioteca, sería sorprendente que no hubiera accidentes de vez en cuando,y uno especialmente espectacular lo había convertido en simio. No mucha gente tenía la oportunidad de abandonar la especie humana sin perder la vida, y desde entonces él había rechazado enérgicamente todos los esfuerzos para hacerlo regresar a su antigua forma. Como era el único bibliotecario del universo que podía coger libros con los pies,la universidad no había insistido sobre el tema.
Aquello también comportaba que su idea de una compañía femenina deseable ahora se pareciera más bien a un saco de mantequilla embutido en un rollo de neumáticos viejos, así que tuvo suerte de salir únicamente con quemaduras leves, dolor de cabeza y unas ideas algo ambivalentes sobre los pepinos, que se disiparon a la hora de la merienda.
En la biblioteca, por encima de él, grimorios chirriaron y agitaron las páginas con asombro mientras el corredor invisible atravesaba las estanterías y desaparecía, o, mejor dicho, desaparecía todavía más...

* Solamente eróticos. No guarros. Es la diferencia entre usar una pluma y usar un pollo.

viernes, 12 de mayo de 2006

El Sueño de una Noche de Verano - William Shakespeare

Se encuentran DUENDE y un HADA

DUENDE.- ¡Qué tal, espíritu! ¿Adónde te diriges?
HADA.- Por la colina, por el valle,
Cruzando arbustos, cruzando zarzas,
Por los parques, por los claros,
Cruzando arroyos, cruzando fuego,
Voy errante por todas partes,
Más rápida que las esferas de la Luna,
A rociar sus órbitas sobre el verde.
Las altas prímulas son sus huéspedes,
Con sus abrigos dorados la puedes ver:
Ésos son rubíes, favores de las ahdas,
En esas pecas viven sus sabores.
Debo ir a buscar algunas gotas de rocío
Y colgar una perla de la oreja de cada prímula.
Que os vaya bien, cabildo de espíritus: mevoy,
Nuestra reina y todos sus elfos vienen aquí.

DUENDE.- El rey celebra sus festividades aquí esta noche. Ten cuidado de que la reina no lo descubra.
Porque Oberón está bien colérico y airado, porque ella y sus sirvientes han robado un adorable muchacho a un rey indio: nunca tuvo ella un niño tan dulce. Y el celoso Oberón quiere tener al niño como caballero de su séquito, para rastrear los salvajes bosques. Pero ella, por fuerza, retiene al amado niño, le corona con flores y le hace toda su alegría. Y nunca se encuentran en un bosquecillo o en una pradera, junto a una fuente clara, o bajo la luz de relucientes estrellas, sino que lo hacen abiertamente, de tal forma que todos los elfos, por miedo, se deslizan por cáscaras de bellota y allí se esconden.
HADA.- O bien yo confundo tu forma totalmente o bien eras ese maligno y rebelde elfo llamado Robin de Jovial. ¿No eres tú el que asusta a las doncellas de la villa, roba la grasa de la leche y alguans veces trabaja en el molino, e inútilmente hace al ama de casa sin aliento batir, y alguna vez hace que la bebida no fermente, y confunde a los caminantes nocturnos, riéndose de su daño? Esos que te llaman dulce Duende, tú haces su trabajo y ellos a cambio tienen buena suerte. ¿No eres ése?
DUENDE.- Habláis bien; yo soy el alegre vagabundo de las noches. Gasto bromas a Oberón y le hago sonreír cuando engaño a un caballo gordo lleno de habas, relinchando igual que una potra, y algunas veces me escondo en el cuenco de un cotilla, igual que un cangrejo asado y, cuando bebe, contra sus labios soplo y en su marchita papada le derramo la cerveza. La más sabia tía, contando el cuento mást riste, algunas veces me ha confundido con un taburete de tres patas: luego me deslizo yo de su trasero, abajo se viene ella; un <>, grita ella, y comienza a toser; después el coro entero cogiéndose por las caderas ríe y se desternillan de alegría, y estornudan y juran que una hora más feliz nunca se pasó allí. Pero espera, hada, aquí viene Oberón.
HADA.- Y aquí mi señora. Desearía que él se fuera.

El claro se plaga de repente de hadas: OBERÓN y TITANIA se encuentran de cara.

OBERÓN.- Nos encontramos a la luz de la Luna, orgullosa Titania.
TITANIA.- ¡Qué, celoso Oberón! Las hadas se van de aquí; he renunciado a su cama y su compañía.
OBERÓN.- Espera. ¿No soy yo tu señor?
TITANIA.- Entonces yo debo ser tu señora; pero sé cuándo te has escapado de la tierra de las hadas, y en forma de Coridón estuviste sentado todo el día, tocando cañas de maíz y versando tu amor a la amorosa Fillida.
¿Por qué has venido aquí desde las más lejanas estepas de la India? En verdad, porque la intrépida amazona, vuestra señora con botas y vuestro guerrero amoroso, con Teseo debe casarse, y tú vienes a dar a su lecho felicidad y prosperidad.
OBERÓN.- ¿Cómo podéis, sin avergonzaros, Titania, hablar así de mi favor con Hipólita, sabiendo que yo sé lo de vuestro amor por Teseo? ¿No le condujiste tú en la brillane noche en su huída de Perigouna, a quien había raptado? ¿Y le hiciste romper su lealtad con la bella Aegles, con Ariadna y Antiope?
TITANIA.- Estas son las falsedades de los celos: nunca, desde el comienzo del solsticio de verano, nos hemos encontrado en la colina, en el valle, en el bosque o en el prado, junto a pavimentadas fuentes, o junto a rápidos regueros, o en las bordeantes playas del mar, para hacer bailar nuestros rizos al son del sibilante viento, sin que con tus bramidos molestaran nuestra diversión. Así pues, los vientos, soplándonos en vano, como en venganza, han absorbido de los mares nieblas contagiosas que, al caer sobre la tierra, han hecho sentir tan orgullosos a los inflados ríos que han rebosado sus continentes. El buey, pues, ha tirado de su yugo en vano, el labrador perdido su sudor y el verde maíz se ha podrido antes de que a su juventud le saliera barba; el redil permanece vacío en el ahogado campo y los cuervos están gordos de tanto rebaño muerto; la plazoleta donde jugaban los nueve hombres está cubierta de lodo y los extraños laberintos en las exuberantes praderas verdes por falta de pisadas son indistinguibles. Los mortales humanos echan de menos su comida del invierno; ninguna noche está ahora bendecida por villancicos o himnos; así pues la Luna, la gobernanta de los ríos, pálida por su ira, lava todo el aire, de forma que abundan las enfermedades reumáticas. Y a través de esta temperatura vemos las estaciones cambiar: escarchas de cabezas blancas caen en el fresco regazo de la rosa carmesí, y en la corona helada y fna del viejo Hiem un oloroso rosario de dulces yemas veraniegas están, como en broma, colocadas. La primavera, el verano, el refrescante otoño, el enfadado invierno, cambian sus habituales libreas, y el loco mundo, por su aumento, ahora no sabe quién es quién. Y esta misma progenie de males viene de nuestra disputa, de nuestra disensión: somos sus padres y su origen.
OBERÓN.- Arréglalo entonces. Está en tus manos ¿Por qué debería Titania contradecir a su Oberón? No hago sino rogar un pequeño muchachito, para que sea mi paje.
TITANIA.- Da descanso a tu corazón, la tierra de las hadas no es suficiente para comprarme a ese muchacho; su madre había hecho votos en mi oden, y en el aire indio lleno de especias, por la noche, muy a menudo cotilleó junto a mí y se sentó conmigo en las arenas amarillas de Neptuno, contemplando a los mercaderes embarcados sobre las aguas; cuánto nos reímos al contemplar las velas concebir e hinchar sus barrigas con el caprichoso viento; que ella, con su bello y flotante porte -su vientre entonces rico con mi joven escudero-, imitaba y navegaba por la tierra, para alcanzarme banalidades y volver de nuevo, como de un viaje con ricas mercancías. Pero ella era mortal y ese muchacho murió, y por ella educo yo al muchacho, y por ella no me separaré de él.
OBERÓN.- ¿Cuánto tiempo piensas estar en este bosque?
TITANIA.- Quizá hasta el día después de la boda de Teseo. Si tú pacientemente quieres bailar a nuestro alrededor y ver las fiestas a la luz de Luna , ven con nosotros; si no, apártate de mí y yo te evitaré a ti.
OBERÓN.- Dame a ese muchacho e iré contigo.
TITANIA.- No por tu reino de las hadas... ¡Hadas..., fuera! Nos pelearemos de mala forma, si me quedo más tiempo. (Titania parte enfadada con su séquito.)
OBERÓN.- Bien: sigue tu camino. No saldrás de este bosquecillo hasta que te atormente por este mal. Mi dulce duende, acércate. Te acordarás de una vez que me senté en un promontorio y oí a una sirena, a lomos de un delfín, emitiendo un hábito tan dulce y armonioso que el hosco mar se calmó al oír su canto. Y algunas estrellas saltaron locamente de sus esferas para oír la música de la doncella del mar.
DUENDE.- Lo recuerdo.
OBERÓN.- Aquella vez yo vi, pero tú no pudiste volar entre la fría Luna y la Tierra, a Cupido todo armado: apuntó a una bella vestal, entronizada pro el Oeste, y disparó su flecha de amor dulcemente con su arco, de forma que podría taladrar cien mil corazones; pero yo pude ver a la fiera flecha del joven Cupido apagada en los brillos de la acuosa Luna y la vestal imperial siguió, en meditación de doncella, libre de encanto. Sin embargo, me di cuenta yo de dónde se cayó la flecha de Cupido. Cayó sobre una pequeña flor de Occidente; antes, blanca leche; ahora púrpura por las heridas del amor, y las doncellas la llaman pensamiento. Alcánzame esa flor, su planta os la enseñé una vez. Su jugo, al caer sobre las pestañas de unos ojos dormidos, hará a hombre o a mujer locamente enamorarse de la siguiente criatura a la que vean. Cogedme esa hierba y estad de vuelta antes que el leviatán pueda nadar ni una legua.
DUENDE.- Os pondré una guirnalda alrededor de toda la tierra en cuarenta minutos. (Se va.)
OBERÓN.- Una vez en posesión de este néctar, buscaré a Titania cuando esté dormida y dejaré caer el jugo sobre sus ojos: la siguiente cosa que verá cuando despierte, ya sea un león, un oso, un lobo o un toro, o un mono presumido, o un ocupado simio, la perseguirá con el alma de amor. Y antes de que quite este encantamiento de sus vistas, ya que lo puedo quitar con otra hierba, le haré que me entregue a mí su paje. ¿Pero quién viene ahí? Soy invisible y escucharé su conversación.

viernes, 3 de marzo de 2006

La hechicera de Darshiva - David Eddings

Beldin se sentó en el suelo, junto al camino, y comenzó a roer un trozo de pollo asado.
- Lo has quemado, Pol -acusó.
- No lo cociné yo, tío -respondió ella con sencillez.
- ¿Porqué no? ¿Has olvidado cómo hacerlo?
- Tengo una receta estupenda para hacer cocido de enano -respondió ella-. Estoy segura de que más de uno estará encantado de comerlo.
- Estás perdiendo el ingenio, Pol -dijo él mientras se limpiaba los dedos grasientos en su harapienta túnica-. Tus sesos se están reblandeciendo tanto como tu trasero.
La cara de Zakath cobró una súbita expresión de furia, pero Garión lo tranquilizó con un gesto.
- Es un asunto personal -le advirtió-. Yo en tu lugar no me metería. Hace miles de años que se insultan. Creo que es una forma extraña de amor.
- ¿Amor?
- Escúchalos -le aconsejó Garion-. Podrías aprender algo nuevo. Los alorns no somos como los angaraks. No hacemos demasiadas reverencias y a veces escondemos nuestros sentimientos detrás de las bromas.

viernes, 17 de febrero de 2006

El Rey de los Murgos - David Eddings

- Esto es espantoso -gimió Urgit con la cara verdosa-. No estoy seguro de si se debe a la bebida o al mar. Me pregunto si me sentiría mejor si metiera la cabeza en un cubo de agua.
- Sólo si la mantienes sumergida el tiempo suficiente.
- Buena idea. -Urgit recostó la cabeza sobre la baranda, para que la llovizna le mojara la cara-. Belgarion -preguntó por fín-, ¿qué es lo que estoy haciendo mal?
- Has bebido demasiado.
- No me refiero a eso. ¿Cuáles son mis errores como rey?
Garion lo miró. El hombrecillo era sincero y Garion volvió a experimentar la misma compasión que había sentido por él en Rak Urga. Por fin tuvo que admitir que aquel hombre le caía bien. Respiró hondo y se sentó junto al apesadumbrado Urgit.
- Ya conoces uno de ellos. Dejas que la gente te dé órdenes.
- Es porque tengo miedo, Belgarion. Cuando yo era pequeño, solía dejarme atropellar porque de ese modo evitaba que me mataran. Supongo que se convirtió en un hábito.
- Todo el mundo tiene miedo.
- Tú no. Tú te enfrentaste a Torak en Cthol Mishrak, ¿verdad?
- No fue idea mía y no puedes imaginarte lo asustado que estaba cuando iba hacia allí.
- ¿Tú?
- Oh, sí. Pero estás empezando a controlar tu problema. Te las arreglaste muy bien con ese general en el palacio Drojim. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Kradak. Recuerda siempre que eres el rey y que eres tú quien debe dar las órdenes.
- Lo intentaré. ¿Qué otro error estoy cometiendo?
- Intentas hacerlo todo solo -respondió Garion después de reflexionar un momento-, y eso es imposible. Hay demasiados detalles a tener en cuenta para que un hombre solo pueda hacerse cargo de todo. Necesitas ayuda de gente competente y honesta.
- ¿Cómo voy a conseguir ayuda en Cthol Murgos? ¿En quién puedo confiar?
- Confías en Oskatat, ¿verdad?
- Bueno, sí, supongo que sí.
- Ese es un comienzo. Mira, Urgit, el problema es que en Rak Urga hay gente tomando las decisiones que deberías tomar tú y lo hacen porque has estado demasiado asustado o demasiado ocupado para hacer valer tu autoridad.
- Eres contradictorio, Belgarion. Primero me dices que debería buscar ayuda y luego que no debería dejar que los demás tomaran decisiones por mí.
- No me has escuchado bien. La gente que toma decisiones por tí no es la que tú habrías elegido. Simplemente se atribuyeron esa responsabilidad ellos mismos. En la mayoría de los casos, ni siquiera sabes quiénes son. Eso no puede funcionar. Tienes que elegir a tus hombres con cuidado. Su primera virtud tiene que ser la eficiencia, luego viene la lealtad hacia tí y hacie tu madre.
- Nadie me es leal, Belgarion. Mis súbditos me desprecian.
- Podrían sorprenderte. No tengo ninguna duda sobre la lealtad de Oskatat ni de su eficiencia. Tal vez sea un buen modo de empezar. Deja que él elija a tus administradores. Comenzarán siendo leales a él, pero con el tiempo llegarán a respetarte a tí también.
- No se me había ocurrido. ¿Crees que funcionará?
- Probar no te hará ningún daño. Para serte completamente franco, amigo mío, tú has complicado mucho las cosas y te llevará bastante tiempo arreglarlas. Sin embargo, tienes que empezar por alguna parte.
- Me has dado mucho en que pensar, Belgarion. -Urgit tembló y miró a su alrededor.- Aquí hace mucho frío. ¿Dónde ha ido Kheldar?
- Adentro. Creo que intenta reponerse.
- ¿Te refieres a que hay algo que cure esto?
- Algunos alorns recomiendan tomar un poco más de lo que te puso en ese estado.
- ¿Más? -preguntó Urgit horrorizado y con la cara pálida-. ¿Cómo pueden hacerlo?
- Los alorns son famosos por su valentía.
- Espera -dijo Urgit con una mirada desconfiada-, ¿eso no haría que me sintiera exactamente igual mañana por la mañana?
- Tal vez. Eso explica porqué los alorns están de tan mal humor cuando se levantan de la cama.
- Eso es una estupidez, Belgarion.
- Lo sé. Los murgos no tienen el monopolio de la estupidez. -Garion miró al hombrecillo tembloroso-. Creo que será mejor que entres -observó-. Con todos tus problemas, lo último que necesitas es un resfriado.

jueves, 11 de agosto de 2005

¡Guardias!¿Guardias? - Terry Pratchett

Aquí es a donde fueron a parar los dragones.
Aquí yacen...
No están muertos, no están dormidos. No aguardan, porque el hecho de aguardar implica una cierta expectación. Posiblemente la palabra más adecuada sea...
... latentes.
Y aunque el espacio que ocupan no es como el espacio normal, están muy apretados. No hay ni un centímetro cúbico que no esté ocupado por una garra, una zarpa, una escama o la punta de una cola, de manera que la sensación que da es como en esos dibujos engañosos, hasta que por fín los ojos comprenden que el espacio que hay entre dragones es, de hecho, otro dragón.
Podrían recordar a una lata de sardinas, si uno imaginara sardinas enormes, con garras, orgullosas y arrogantes.
Y probablemente, en algún lugar, estará la llave.
[...]
Aquí es donde fueron a parar los dragones.
Aquí yacen...
No están muertos, no están dormidos. No aguardan, porque el hecho de aguardar implica una cierta expectación. Posiblemente la palabra más adecuada aquí sea...
... furiosos.
El dragón recordaa la sensación del aire verdadero bajo sus alas, y el intenso placer de las llamas. Había habido cielos limpios sobre él, y un mundo interesante abajo, lleno de extrañas criaturas que corrían. La existencia había tenido una textura diferente. Una textura mejor.
Y, justo cuando estaba empezando a disfrutarla, lo habían dominado, le habían impedido lanzar llamas y le habían dado un cachete, como a algún mamífero canino cubierto de pelo.
Le habían quitado el mundo.
En las sinapsis reptilianas de la mente del dragón latía la idea de que, quizá, podía recuperar aquel mundo. Lo habían invocado, y luego lo habían expulsado con desdén. Pero quizá quedara un rastro, un olor, un sendero para volver a aquellos cielos.
Quizá hubiera un camino de pensamiento...
Recordó uqe había una mente. Una voz patéticamente dominante, convencida de su insignificante importncia, una mente muy semejante a la del dragón, aólo que a una escala muy pequeña.
Ajá. Así.
Extendió las alas.
[...]
¿Quién lo habría imaginado? Tanto poder, y tan al alcance de la mano. El dragón sentía cómo la magia fluía hacia él, lo renovaba por momentos, desafiando todas las leyes físicas. Aquello no era el escaso sustento que le habían proporcionado hasta entonces. Aquello era comida de verdad. Con un poder semejante, no había límite para lo que podía hacer.
Pero, para empezar, tenía que presentar sus respetos a ciertas personas...
Olfateó el aire del amanecer. Estaa buscando el hedor de unas mentes.
Los dragones nobles no tienen amigos. Lo más parecido es un enemigo que todavía sigue vivo.

martes, 2 de agosto de 2005

La Reina de la Hechicería - David Eddings

Cuando se fueron, Garion se sintió aliviado. El esfuerzo por mantener la expresión de rencor contra tía Pol ya empezaba a cansarlo. Se encontraba en una posición difícil; el horror y la repulsión que había sentido hacia sí mismo tras incendiar el cuerpo de Chamdar en el bosque de las Dríadas le resultaban insoportables. Temía que llegara la noche, pues sus sueños eran siempre los mismos: una y otra vez veía a chamdar, con la cara chamuscada, repitiendo "Maestro, ten piedad", y, una y otra vez, veía aquella horrible llama azul que había brotado de su mano como respuesta a las súplicas. El odio que había arrastrado desde Val Alorn había ardido en esa llama, y su venganza había sido tan brutal que no había forma de eludirla o negar su responsabilidad en ella. El ataque de ira de aquella mañana iba dirigido más contra sí mismo que contra tía Pol; la había llamado monstruo, pero a quien odiaba de verdad era al monstruo que habitaba en su interior. No podía borrar de su mente el espantoso catálogo de sufrimientos que ella había soportado por él durante innumerables años ni la pasión con que había hablado, fiel reflejo del dolor que le habían ausado sus palabras. Estaba avergonzado; tanto, que ni siquiera se atrevía a mirar a sus amigos a la cara. Se sentó lejos de los demás con la vista fija en el vacío mientras las palabras de tía Pol resonaban una y otra vez en su memoria.