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martes, 2 de agosto de 2005

La Reina de la Hechicería - David Eddings

Cuando se fueron, Garion se sintió aliviado. El esfuerzo por mantener la expresión de rencor contra tía Pol ya empezaba a cansarlo. Se encontraba en una posición difícil; el horror y la repulsión que había sentido hacia sí mismo tras incendiar el cuerpo de Chamdar en el bosque de las Dríadas le resultaban insoportables. Temía que llegara la noche, pues sus sueños eran siempre los mismos: una y otra vez veía a chamdar, con la cara chamuscada, repitiendo "Maestro, ten piedad", y, una y otra vez, veía aquella horrible llama azul que había brotado de su mano como respuesta a las súplicas. El odio que había arrastrado desde Val Alorn había ardido en esa llama, y su venganza había sido tan brutal que no había forma de eludirla o negar su responsabilidad en ella. El ataque de ira de aquella mañana iba dirigido más contra sí mismo que contra tía Pol; la había llamado monstruo, pero a quien odiaba de verdad era al monstruo que habitaba en su interior. No podía borrar de su mente el espantoso catálogo de sufrimientos que ella había soportado por él durante innumerables años ni la pasión con que había hablado, fiel reflejo del dolor que le habían ausado sus palabras. Estaba avergonzado; tanto, que ni siquiera se atrevía a mirar a sus amigos a la cara. Se sentó lejos de los demás con la vista fija en el vacío mientras las palabras de tía Pol resonaban una y otra vez en su memoria.

La Reina de la Hechicería - David Eddings

Eso ya era el colmo. Que aquella princesita malcriada y caprichosa lo llamara a él niño mimado, era más de lo que Garion estaba dispuesto a tolerar...
Enfurecido, comenzó a gritarle. Casi todo lo que le decía era incoherente, pero después de hacerlo se sintió mucho mejor. comenzaron a prodigarse mutuas acusaciones y la discusión pronto degeneró en insultos. Ce'Nedra chillaba como una pescadera de Camaar y la voz de Garion se rompía y oscilaba entre el barítono de un adulto y el tenor de un niño. Se hacían gestos con las manos y gritaab, Ce'Nedra daba golpes con los pies y Garion agitaba los brazos. Fue una espléndida pelea y, cuano acabó, Garion se sintió aliviado. Gritar insultos a Ce'Nedra era una diversión inocente en comparación con las cosas terribles que le había dicho a tía Pol aquella misma mañana y le permitía expresar su confusión y su rabia de un modo inofensivo.
Al final, como era de esperar, Ce'Nedra recurrió a las lágrimas, se largó y dejó solo a Garion, que se sentía más tonto que avergonzado. Al joven el enfado le duró un rato más y masculló varios insultos que no había tenido oportunidad de decirle, pero luego suspiró y se apoyó pensativo en la baranda a ver caer la noche sobre la ciudad húmeda.
Aunque no estaba dispuesto a admitirlo ni siquiera ante sí mismo, le estaba agradecido a la princesa, pues aquella incursión en el absurdo le había aclarado las ideas. Ahora veía con claridad que le debía una disculpa a tía Pol, que la había atacado para superar su propio resentimiento de culpa e intentar endilgárselo a ella. Era evidente que no podría eludir su responsabilidad, y, una vez que aceptó este hecho, comenzó a sentirse mejor.