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martes, 16 de septiembre de 2008

Los Seres Fulgentes - David Eddings - El Tamuli II

- Claro que te amo, Berit-caballero -dijo la emperatriz Elysoun con un poco de tristeza-, pero también lo amo a él.
- ¿Y a cuántos más amas, Elysoun? -le preguntó Berit con tono ácido.
La emperatriz de pechos desnudos se encogió de hombros.
- He perdido la cuenta. A Sarabian no le importa. ¿Por qué habría de importarte a tí?
- ¿Entonces hemos acabado? ¿Ya no quieres volver a verme?
- No seas ridículo, Berit-caballero. Por supuesto que quiero volver a verte... tan a menudo como me sea posible. Lo único que sucede es que habrá ocasiones en que estaré ocupada viéndolo a él. No tenía necesidad de decírtelo, ya lo sabes, pero eres tan bueno que no quería actuar a tus espaldas para... -la muchacha luchaba para encontrar la palabra adecuada.
- ¿Para ser infiel? -dijo bruscamente Berit.
- Yo nunca soy infiel -le contestó ella indignada-. Retira eso ahora mismo. Soy la dama más fiel de toda la corte. Le soy fiel a al menos una docena de jóvenes, a todos al mismo tiempo.
El se echó a reir repentínamente.
- ¿Qué es lo que te hace tanta gracia? -le preguntó ella con tono imperioso.
- Nada, Elysoun -replicó él con un afecto genuino-. Eres tan deliciosa que no puedo evitar echarme a reír.
Ella suspiró.
- La vida sería mucho más sencilla para mí si los hombres no os tomarais estas cosas con tanta seriedad. El amor debería ser divertido, pero vosotros fruncís el ceño y agitáis los brazos en el aire por su causa. Vete a amar a alguna otra. A mí no me importa. Siempre y cuando todo el mundo sea feliz, ¿qué importancia tiene quién ha hecho feliz a cada cual?
Él le sonrió.
- Todavía me amas, ¿verdad, Berit-caballero?
- Por supuesto que sí, Elysoun.
- ¿Lo ves? ¿Todo está arreglado, entonces?

viernes, 1 de julio de 2005

Los Seres Fulgentes - David Eddings

- ¿Qué puedo hacer? -se lamentó Sefrenia, retorciéndose las manos.
- Para empezar, podrías dejar de hacer eso -le respondió Kalten con dulzura, separándole las manos-. Hace apenas un momento descubrí lo afiladas que son tus uñas, y no quiero que te desagarres la piel.
Ella dirigió una mirada cargada de culpabilidad a los arañazos recientes que el caballero tenía en la cara.
- Te he hecho daño, ¿verdad, querido?
- No es nada. Estoy habituado a sangrar.
- ¡He tratado tan mal a Vanion! -dijo ella con voz quejumbrosa-. Él nunca me perdonará, y yo lo amo.
- Díselo. Eso es realmente lo único que tienes que hacer, ¿sabes? Símplemente dile lo que sientes por él, dile que lo lamentas, y todo volverá a ser como antes.
- Jamás volverá a ser como antes.
- Por supuesto que sí. En cuanto volváis a estar los dos juntos, Vanion olvidará que esto haya llegado a suceder. -Le tomó las diminutas manos en las suyas enormes, se las volvió y le besó las palmas-. De eso precisamente se trata el amor, pequeña madre. Todos cometemos errores. La gente que nos ama perdona los errores. Los que no quieren olvidarlos no tienen realmente importancia, ¿no te parece?
- Bueno, no, pero...
- No existe ningún pero, Sefrenia. Es tan sencillo que incluso yo puedo entenderlo. Alean y yo confiamos en nuestros sentimiento, y parece funcionar maravillosamente bien. No hace falta complicar a la lógica cuando se trata de algo tan simple como el amor.
- ¡Eres un hombre tan bueno, Kalten!
Aquella frase lo hizo sentir un poco violento.
- Difícilmente puedo serlo -replicó él con tristeza-. Bebo demasiado, y como en exceso. No soy muy refinado, y habitualmente no puedo seguir un pensamiento sencillo desde el principio hasta el final. Dios sabe que tengo defectos, pero Alean los conoce y los perdona. Ella sabe que no soy más que un soldado, así que no espera demasiado de mí. ¿Estás ya preparada para esa taza de té?
- Me vendría muy bien -le dijo ella, sonriendo.

jueves, 30 de junio de 2005

Los Seres Fulgentes - David Eddings

- Estás de un humor extraño, Sparhawk.
- En este momento estoy un poco descontento contigo, si quieres que te sea sincero.
- ¿Qué he hecho yo?
- ¿Por qué no lo dejamos?
- ¿Ya no me quieres? - El labio inferior comenzó a temblarle.
- Por supuesto que sí, pero eso no cambia el hecho deque esté molesto contigo en este momento. La gente a la que queremos consigue irritarnos de vez en cuando, ¿sabes?
- Lo siento -dijo ella con una vocecilla contrita.
- Ya lo superaré. ¿Hemos acabado aquí? ¿Podemos montar y ponernos en marcha?



Los Seres Fulgentes - David Eddings

- ¿Se te ocurre algo que pueda explicar la reacción de Sefrenia ante los delfae? -le preguntó Vanion con una expresión trastornada en los ojos-. Nunca antes la había visto comportarse de esa manera.
- La verdad es que no conozco tan bien a mi señora Sefrenia como para explicarte eso, mi señor Vanion, pero el estallido de cólera proporciona algunas pistas. En Xadane hay un pasaje muy breve que insinúa que los delfae se aliaron con los estirianos en la guerra que supuestamente exterminó a los cyrgais. El pasaje estaba claramente basado en una parte muy oscura de un texto histórico del siglo séptimo. Se menciona la traición, pero no mucho más. Evidentemente, cuando comenzó su guerra contra los cyrgais, los estirianos contactaron con los delfae y los engañaron para que montasen un ataque contra los cyrgais, desde el este. Les prometieron ayuda y toda clase de aicientes, pero cuando los cyrgais contraatacaron y comenzaron a derrotar a los delfae, los estirianos decidieron renegar de sus promesas. Los delfae fueron casi totalmente exterminados. Los estirianos han estado culebreando y retorciéndose durante eones para intentar justificar aquella descarada violación del acuerdo. Hay mucha gente en el mundo a la que no le gustan los estirianos, y han utilizado aquella traición como vehículo para sus fanatismos. Es bastante comprensible que los estirianos no se sientan muy interesados en la literatura. -Miró con expresión pensativa hacia las profundidades del monótono desierto-. Uno de los aspectos menos atractivos de la naturaleza humana, es nuestra tendencia a odiar a las personas que no hemos tratado muy bien; eso es más fácil que aceptar la culpa. Si conseguimos convencernos a nosotros mismos de que la gente a la que hemos traicionado o esclavizado eran monstruos subhumanos desde el principio, nuestra culpa no es tan negra como secretamente sabemos que es. Los seres humanos somos muy, muy buenos en eso de transferir la culpabilidad y eludir nuestra responsabilidad en los hechos. Nos gusta mantener una buena opinión de nosotros mismos, ¿verdad?